
Leyó la nota, levantó la vista y la vio: la increíble cadena solidaria que permitió encontrar a Daiana
La mujer tiene una discapacidad intelectual y había sido vista por última vez cuando acompañaba a su hija de 10 años en el Hospital Garrahan; tras cinco días de angustia, pudo reencontrase con su familia

Desde ese lunes 15 de junio, frío y lluvioso, ya habían pasado cuatro días con sus noches sin saber nada la una de la otra.
Daiana Albornoz, de 38 años, tiene una discapacidad intelectual y había desaparecido en plena ciudad de Buenos Aires.
Luz, su hija de 10 años, internada en el Hospital Garrahan, había llorado toda esa semana. Les pedía a su abuela y a su tía —la mamá y la hermana de Daiana— que la encontraran.
Para el viernes 19, el miedo crecía en esta familia que vive en Chacabuco y que hace un mes había viajado a la ciudad porque la niña necesita someterse a una operación compleja de columna.
“Daiana es como una nena, cree que todos son buenos. Por su condición, suele irse cuando se angustia mucho. Y la operación de mi sobrina le daba mucho miedo”, le había dicho a LA NACION su hermana, Lorena, en una nota que se publicó ese mismo viernes por la tarde.
Pocas horas después, pasó lo que debería pasar cada vez que alguien desaparece. Un grupo de personas que no se conocían entre sí y que hasta hacía nada ignoraban la historia de estas dos mujeres supieron lo suficiente de ellas como para desear que su angustia terminara en un final feliz. Y así lo hicieron.
“Solo levanté la vista y la vi. Le sonreí y se sentó al lado mío. Era ella. Me desesperé, no lo podía creer”, dice Patricia Gereti, la mujer que en un primer momento, ese viernes, reconoció a Daiana.

Patricia fue una de muchas personas que se comprometieron para ayudar y cuidar a Daiana. Esas ganas de ser parte de una red para encontrarla empezaron horas antes de que LA NACION publicara la nota sobre la desaparición de Daiana: arrancaron cuando Red Solidaria y la hermana Constanza, de la Iglesia Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús de Recoleta, le facilitaron a LA NACION los teléfonos de la familia de Daiana. Entender las circunstancias de la desaparición era clave para poder difundir la búsqueda.
“Terminé de leer la nota, levanté la vista y...”
Patricia tiene 61 años. También vive en Chacabuco y, a eso de las 18 del viernes, esperaba a su hija en la estación del ferrocarril San Martín, en Retiro. Había llegado a la ciudad para visitar a su hija por el fin de semana largo y aprovechó para quedarse toda la semana con ella. Ese viernes, ambas viajarían juntas a Chacabuco. Son oriundas de ese pueblo, como la familia de Daiana, aunque no se conocen.
Sentada en un banco, Patricia miraba su celular para distraerse mientras esperaba a que su hija saliera de la facultad y se uniera a ella. En un momento, vio un posteo de Red Solidaria con un link a la nota sobre la desaparición de Daiana que este medio había publicado. La leyó con detenimiento.
Repasó que el lunes 15, su madre la había visto a las 2 de la mañana durmiendo al pie de la cama de Luz. Que cuando despertó un par de horas después, ya no estaba más. Patricia también se enteró de que Daiana se escapa cada vez que siente una angustia muy grande. Que por su condición, sus nervios la llevan a tener esa respuesta.
Que Daiana cuida a Luz, quien padece mielomeningocele y no se puede movilizar por sus propios medios. Que Daiana la levanta, la atiende, la mima. Que se adoran. Supo que el año pasado, en otra internación de la niña, también estuvo desaparecida y la encontraron en el Hospital Posadas. Había ido hasta allí para buscar una segunda opinión médica.
Patricia miró las fotos que ilustraban la nota. Daiana sonriente, Daiana seria. Se angustió al pensar en cómo la estarían extrañando.
“Terminé de leer la nota, levanté la vista y la vi entrar a la estación con un barbijo puesto. La reconocí al instante. Le sonreí y ella se vino a sentar al lado mío”, cuenta Patricia, aún con entusiasmo e incredulidad.
De inmediato comenzó a hablar con ella. “Recordaba lo que decía la nota: ‘Si la ven, no le digan que van a llamar a la policía porque se va a querer ir. Solo charlen con ella mientras otra persona llama al 911’”, explica.
Con la excusa de ver si llegaba su hija, le pidió a Daiana que se quedara sentada y le cuidara sus bolsos. “Fui a la puerta donde está el personal de trenes, le pedí por favor que llamen al 911 porque la chica que estaba sentada conmigo era una chica perdida”, dice.
“Me dijo que la vaya a visitar”
Patricia estaba desesperada. No la entendían. Se acercó de nuevo a Daiana, que la miraba atenta y tranquila. Entonces, simulando calma, le empezó a pedir ayuda a otras personas. “En el lugar había mucha gente de Chacabuco, porque todos esperábamos viajar ese día. Dos vecinas se acercaron a ayudarme”, relata.
De esas dos personas no sabe el apellido. Le gusta referirse a ellas como “Compromiso Agustina” y “Compromiso Guillermina”.
Cuenta que Agustina fue a hablar con el personal de Trenes Argentinos para que llamaran a la policía. Luego, Guillermina se comunicó con Red Solidaria. Esa ONG, muy comprometida con la búsqueda de personas, habló también con el 911 y les pidió a ellas que se quedaran por favor con Daiana hasta que llegara la policía.
“Primero llegaron policías federales. Ellos se encargaron de cuidarla hasta que llegara la policía de la Ciudad. Daiana quería venirse conmigo a Chacabuco y yo le expliqué que su familia la estaba buscando y que la policía la iba a llevar con ellos. Ella me agradeció y me dijo su dirección para que fuera a visitarla”, dice.

Cuando la hija de Patricia llegó, estaba rodeada de policías. La joven se asustó, pero al saber lo que pasaba, comenzó a llorar junto a su mamá por la emoción. Saludaron a Daiana y subieron a su tren.
Ya en viaje a su casa, Patricia recibió una llamada de la Policía de la Ciudad para preguntarle dónde la había encontrado y con quién había quedado. De Red Solidaria se comunicó con ella José Vega, quien le fue informando qué ocurría con Daiana. También, Martín Giovio, de Red Solidaria, la llamó y le agradeció por “haber levantado la mirada y transformar así la realidad de toda una familia y una ciudad”.
El reencuentro
“Cuando vi a mi nena con la corona y los aparatos que le ponen en la cabeza y el cuerpito para arreglarle la columna, me quebré. Porque sé que a ella le duele. Después el médico me dijo que la operación es riesgosa y me dio miedo. Cuando tengo miedo a que le pase algo a mi nena o a las personas que quiero, solo me voy. Me pierdo, no me importa lo que me pase a mí. No me importa”.
Esas fueron las palabras que Daiana le dijo a LA NACION ese viernes en Retiro. Su voz era temblorosa y la mirada, algo triste.

Ya había anochecido. Daiana, con una gaseosa en la mano, charlaba con dos policías de la Ciudad de la División Búsqueda de Personas. A un costado, otros policías más, entre ellos de la Comisaría Vecinal 4, hacían llamadas a la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N° 60.
Los dos agentes, una mujer y un hombre, le decían con voz calma que pronto estaría con su familia, que todo saldría bien. En un momento, el hombre llamó con su celular a la hermana de Daiana. “Dai, es Lorena, hablá con ella, está todo bien”, le dijo con una sonrisa.
Ambos, la mujer y el hombre, la habían estado buscando desde el primer día por Parque Patricios y el centro de la Ciudad. En la semana habían preguntado por ella en los paradores para personas en situación de calle (también llamados Centros de Inclusión Social). La habían rastreado en cámaras de la Ciudad hasta Independencia y la Avenida 9 de Julio ese mismo lunes. Después, todo fue un misterio.
Pero en ese momento, en medio de la estación Retiro, esos dos agentes no dejaban de sonreír al charlar con ella. Se veían aliviados, felices, pero no exultantes. A la espera de que la fiscalía determinara los pasos a seguir, comentaban que los medios y la gente eran de gran ayuda para ellos.
Ya de noche, pasadas las 20, se dio el reencuentro. Después de cuatro días sin saber nada la una de la otra, Daiana le dio un beso a su hija. Luz, desde su cama, en la sala de internación del hospital, le preguntó si estaba bien. Daiana le contestó que “ahora sí”. Y cuando su hermana y su madre la abrazaron, la angustia que sentían todas ellas desapareció.
“Tenemos que darle las gracias a muchas personas. Ahora estamos más tranquilas. Gracias. Daiana está bien, Luz está feliz, mi mamá también”, dice Lorena a LA NACION, pasados unos días de ese viernes que terminó bien. Una cadena de voluntades lo hizo posible.
Más información
- Si querés saber qué es recomendable hacer o cómo acompañar a un ser querido cuando una persona desaparece, podés hacer click acá.



