La diseñadora y el arquitecto que transformaron su pasión por los materiales naturales en una filosofía creativa
Una diseñadora formada entre la cultura material del sur de los Estados Unidos y América Latina, y un arquitecto chileno atravesado por el paisaje y los oficios locales articulan una práctica que integra construcción, interiorismo y artesanía
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Se conocieron en una entrevista. Cassidy hacía preguntas, Felipe respondía, pero en ese intercambio ocurrió algo menos evidente que una nota publicada: una afinidad en la manera de mirar. “Aunque suena loco, yo supe desde el momento en que conocí a Felipe que quería colaborar con él de alguna manera creativa. Nos conocimos cuando lo entrevisté para una historia. Me impresionó su forma de pensar y reflexionar”, recuerda ella. “Desde ese momento me di cuenta de que Cass era una fuerza creativa", agrega él. “Ella tenía muchas ideas y desde un comienzo supimos que debíamos hacer algo juntos”.
Esa secuencia contiene la matriz de Nanai: una práctica que se desplaza entre disciplinas sin jerarquías rígidas, en la que arquitectura, interiores y objetos se piensan como partes de un mismo ecosistema. La biografía de Cassidy introduce una primera capa de sentido. “Crecí en Kentucky -dice-, en la ciudad de Louisville. La mayoría del estado es rural y tiene una rica tradición artesanal, de cerámica, acolchados, cestería y muebles de madera. Cuando era niña, me mantenía ocupada creando marionetas hechas con cucharas de madera, o muñecas de alambres y corchos de vino. Mis padres eran estrictos con la cantidad de televisión que podía mirar; ahora estoy agradecida por eso”. En esa infancia aparece una relación directa con la materia, con el hacer manual como forma de ocupar el tiempo y entender el mundo.
El aprendizaje del espacio interior también tiene un origen doméstico. “Cuando era chica, aprendí de diseño interior de mi mamá -sigue-. Tenía una buena mano para coleccionar hermosos objetos y muebles para crear una apariencia cohesiva en una habitación. Recuerdo ir a mercados de antigüedades y ferias de artesanía con mi madre y mi abuela cada verano”. Esa práctica intuitiva de componer con objetos se transformaría más adelante en una herramienta profesional.


El vínculo con América Latina se construye a partir de capas sucesivas, académicas y vitales. “Tuve la suerte de vivir y estudiar en Buenos Aires por casi un año durante la universidad -cuenta Cassidy-. El destino se convirtió en una pasión. Me absorbieron la literatura, la música y el arte: Galeano y Gabriel García Márquez, Gustavo Cerati, Jorge Drexler y Lydia Mendoza. Las películas de (Ricardo) Darín son mis favoritas”. Sin embargo, el punto de inflexión apareció en una experiencia directa. “La primera vez que viajé a un país hispano fue a los 17 años -explica-, a Guatemala, para construir una casa. Allí que empezó mi obsesión con los tejidos. Antes de ese viaje, nunca había visto tantos colores y texturas en una sola tela”.
Felipe creció en otra geografía, con una relación igualmente intensa con el entorno. “De pequeño viví en espacios vinculados con el exterior -cuenta-. Mis padres eran ávidos jardineros y siempre hubo esa relación entre el adentro y el afuera. En tiempos en los que visitaba a mis parientes en el campo o en la playa comenzó mi fascinación por los materiales naturales, los distintos tipos de madera y cómo se trabaja con tierra y adobe”. Esa experiencia se convirtió en una forma de entender la arquitectura. “Desde entonces siempre me ha interesado trabajar con la naturaleza y crear lugares donde se pueda apreciar -relata-. Crecer entre el Océano Pacífico y la Cordillera de los Andes tiene múltiples beneficios, pero para mí el principal es la cercanía a paisajes de ensueño”.
Sabiduría maternal
El sur de Chile aparece como un territorio donde ambas miradas se encuentran y se transforman. “La primera vez que fui a Chile, fue durante la pandemia, en el año 2021 -cuenta Cassidy-. Como no pudimos salir a recorrer la ciudad de Santiago fuimos a conocer tejedoras Mapuche en la región de Araucanía. Antes de hablar una palabra de negocios, pasamos horas conversando de la vida y la naturaleza. En el Sur encontré una sabiduría maternal. Viven con el ritmo de las estaciones y ven todo conectado; somos como hilos entrelazados del mismo telar”.
Felipe reconoce en ese mismo paisaje una síntesis conceptual. “La existencia desde la simpleza, desde lo humilde. Trabajar y diseñar en conjunto con la naturaleza, aprender de ella y sus patrones. La gente del sur es muy sabia y aún conserva esas tradiciones ancestrales. El olor a madera, a pasto, a lana, son componentes de lo cotidiano. Cortar la leña, prender el fuego, contemplar la lluvia, son rituales que son parte del diseño arquitectónico”.
La práctica de Nanai se construyó en ese cruce: en el afán de integrar la artesanía más tradicional con la arquitectura contemporánea, desde un sitio de respecto mutuo y enriquecimiento, donde ninguna de las dos miradas se impone sobre la otra. “Creo que la arquitectura, los interiores y los objetos comparten una misma responsabilidad -indica Felipe-: construir experiencias que tengan sentido para quienes las usan. No se trata sólo de resolver una función o de lograr una estética determinada, sino de entender cómo vive una persona, cuáles son sus ritmos, sus rituales, su relación con el entorno. A partir de ahí, el diseño se vuelve casi una traducción”.
Les interesa trabajar con materiales nobles, con técnicas que tienen historia, “porque aportan una profundidad que no se puede simular -agrega Cassidy-. Cada decisión, desde la escala de un espacio hasta el detalle de un objeto, debería contribuir a esa coherencia, a que todo dialogue dentro de un mismo lenguaje”.
La trama del diseño
El trabajo con artesanos ocupa un lugar estructural en el estudio. “La generación que está decorando sus hogares hoy está más consciente del origen de sus objetos y decoraciones -afirma ella-, y quieren invertir en cosas hechas a mano. Por parte de los artesanos, hay una oportunidad enorme para conectar con un mercado lejos de sus comunidades rurales. Es una combinación de la pasión por las técnicas ancestrales que queremos preservar y la hora que corresponde”. Felipe suma una dimensión personal: “Tuve la suerte de crecer en un hogar donde la artesanía y las cosas hechas a mano eran valoradas y admiradas. La greda y la lana han sido desde el comienzo objetos que me han conectado con la naturaleza y gracias a una constante búsqueda de talento local pudimos encontrar una comunidad de artesanos que comparten nuestra visión promoviendo el arte chileno en el extranjero”.
Ese vínculo redefine también los tiempos del proyecto. “En el corazón de nuestra filosofía está respetar la cadencia de cada artesano -indica Cassidy-. Entendemos que el equilibrio y bienestar son claves para el proceso”. La lógica productiva se ajusta a esos ritmos, y no al revés.


El proceso compartido se sostiene en un equilibrio dinámico. “Es un baile -sigue ella-. Siempre estamos diseñando cosas, ya sea un tejido o una casa, desde una lectura útil, sustentable y bella. Yo tengo una tendencia de soñar y eso puede añadir complicaciones, y Felipe es un buen editor que ayuda a simplificar”. Disfrutamos el proceso de aprender de nosotros mismos -agrega él-. Porque el resultado siempre es una combinación de esas dos perspectivas”.
La concreción es un cúmulo de espacios que buscan una cierta cualidad difícil de definir pero fácil de reconocer. “Nos eligen porque están en búsqueda de algo moderno pero simple, algo que no hayan visto antes, pero que se sienta propio. Conexión con el exterior e integración con la naturaleza -sugiere Felipe-. Es nuestra responsabilidad escucharlos y diseñar de acuerdo a sus propias necesidades. El diseño es un reflejo de lo que los clientes tienen en mente, pero a través de nuestro filtro”.
En ese recorrido, el estudio adquiere una dimensión que excede lo proyectual. “Para nosotros, Nanai es el cariño y la atención que cada cliente merece, en combinación con el cuidado al planeta”, confirma Cassidy. La intención se extiende también hacia las comunidades con las que trabajan. “Nuestra esperanza es que estas tradiciones ancestrales prosperen y sigan siendo promovidas como un arte digno y de alto estándar”, completa Felipe.
El futuro aparece delineado por aquello que buscan sostener: “Una práctica en la que el diseño se construye, antes que nada, a partir de vínculos”, concluye Cassidy.
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