Benoît Coquil: “La extrema derecha en la Argentina nos muestra lo que nos puede pasar en un año en Francia”
Se publicó su novela, “Cositas”, donde narra la historia de la chamana mexicana de los hongos alucinógenos, María Sabina; la primera obra del joven autor francés está ambientada en Buenos Aires, a inicios del siglo XX
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En una petit tournée por dos ferias del libro latinoamericanas -las de Bogotá y Buenos Aires-, el escritor y profesor francés Benoît Coquil (Bretaña, 1989) presentó su novela sobre hongos alucinógenos, mística, ciencia y “apropiación cultural” Cositas (Seix Barral, $32.900, con traducción de Rubén Martín Giráldez) que narra el encuentro del matrimonio de Gordon y Tina Wasson (el vicepresidente de JP Morgan & Co y una pediatra) con la chamana mexicana María Sabina y sus “hijos santos”, los hongos. Incumpliendo su palabra, los Wasson difunden en una revista estadounidense de tirada masiva detalles de un ritual sagrado y lo convierten en objeto de consumo y cuestión de Estado. La novela está basada en hechos y personajes reales.
Como diría Charly García, el autor no es un extraño en la ciudad de Buenos Aires; en 2010, cursó durante un año en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en Puan, materias de su especialización en literatura argentina y latinoamericana (“me superó un poco el ritmo de lectura, que era muy exigente”, dice). En su primera novela, Coquil aborda la estadía del artista de vanguardia Marcel Duchamp en la Reina del Plata y, a finales de año, volverá como invitado a la Residencia de Escritores Malba.
En Francia, hizo su tesis sobre la obra del escritor argentino Sergio Chejfec (1956-2022). “Mi eje temático era la la noción de extrañeza y el sentimiento de extranjería que está presente en su obra, ese vínculo entre lo extraño en sentido fantástico, muy kafkiano, y el sentimiento de ser extranjero en el mundo, ya sea por nacionalidad o de manera más existencial. Me interesé sobre todo por su primera etapa a partir de su novela de anticipación, El aire, que tiene mucho que ver con los años 90 en la Argentina de la era menemista”, dice Coquil a LA NACION, en español.

Acaba de publicar en Francia su tercera novela, Pas perdu, donde entrecruza cuestiones ambientales con la historia de emancipación sexual y política de un adolescente gay. También será lanzada por Seix Barral.

-¿Seguís dando clases?
-Sí, aún doy clases, pero me pareció más interesante, más divertido publicar libros.
-¿Es más divertido ser escritor que ser profesor?
-Me gustan las dos cosas, pero sí; de hecho, a partir de septiembre de 2025 me tomé un año sabático para dedicar más tiempo a la escritura. Hace seis años que estoy en un puesto docente en la Universidad de Picardía, en Amiens, a unos cien kilómetros de París. Allí trabajo en el Departamento de Estudios Hispánicos, donde doy sobre todo clases de literatura latinoamericana, un poco de traducción. Somos pocos, así que hacemos un poco de todo.
-Publicaste una novela ambientada en Buenos Aires.
-Exacto. En 2021, salió mi primera novela, Buenos Aires n’existe pas, “Buenos Aires no existe”. Está entre ficción y no ficción; trabajé a partir de cartas, de algunos documentos que testimonian la estadía de Marcel Duchamp en Buenos Aires en 1918 y 1919. Él se quedó nueve meses acá. Estaba viviendo en Estados Unidos en esa época y se fue cuando entraron en guerra. Nadie sabe muy bien por qué eligió Buenos Aires, ni qué hizo acá. El título es una frase suya; la escribe en una carta que envía a un mecenas en Nueva York, diciendo que Buenos Aires no existe, que es una ciudad provincial, sin carácter propio. Irene Amuchástegui tradujo una parte para ver si hay interés entre editores argentinos.
-¿Todos los personajes de Cositas son reales?
-Todos los personajes de la novela son reales, históricos, y todo está basado en hechos reales; de hecho, hay muy poca ficción. La elaboración literaria está más en la forma de narrar que en el contenido mismo, que está documentado. La historia de María Sabina la descubrí en México. Estaba en el mercado de Oaxaca, frente a un puesto de remeras para turistas, y entre estampas del Che, Frida Kahlo y el subcomandante Marcos, estaba la cara de esa mujer que yo no conocía, que siempre está representada de la misma forma, una persona ya grande, con un cigarrillo, y la frase “María Sabina Sacerdotisa de los Hongos Mágicos”. La descubrí bajo la forma de un producto comercial, lo que habla bastante de lo que pasó después con la comercialización de los hongos y de su figura. Y entonces empecé a leer muchas cosas sobre ella; hay una biografía escrita por el etnógrafo Álvaro Estrada, Vida de María Sabina, en los años 80, donde ella cuenta toda su vida y cómo se le reveló esta práctica de curandera. Y luego, tirando del hilo, apareció la historia de los Wasson, que también me parecieron bastante novelescos, sobre todo Gordon, con esa especie de doble vida de banquero de la elite neoyorquina y apasionado por los hongos alucinógenos.
-¿Por qué situaste la historia en ese periodo temporal?
-La novela empieza más o menos en los años 30, con la juventud de Wasson, y se termina en el año 1970, con el eclipse, que fue real también, en el istmo de Tehuantepec, en el sur de México. La escena dice mucho de cómo se oscureció la época después de los años 70. Intenté que se sintiera la aceleración del ritmo histórico a partir del 55, que es el punto bisagra de la novela, cuando los Wasson conocen a María Sabina y prueban el hongo. Luego, a partir de la revelación mediática que hace Wasson en la revista Life, se dispara la occidentalización de esos hongos y la peregrinación de los hippies a Huautla.
-¿Es el inicio del control estatal del consumo de hongos?
-Aparece la prohibición del LSD, la psilocibina [el compuesto alucinógeno de los “hongos mágicos”] después de unos años de experimentación y descontrol total donde circulaba. Ahora se está experimentando de nuevo, de otro modo. En Francia, por ejemplo, está la Sociedad Psicodélica Francesa, con científicos y médicos que tratan de promover el uso de los hongos de la psilocibina en terapias para tratar adicciones o depresiones severas.
-¿Cositas tuvo más repercusión que tu primera novela?
-Sí. La primera pasó casi desapercibida en Francia. Me parece que es un texto muy raro, formalmente muy raro, con muchas referencias muy argentinas, que un público francés no tiene, o que pocos tienen. Tendría más sentido que sea publicada acá, porque corresponde más, creo, a un público argentino o porteño, que conoce bien a Duchamp y que conoce las referencias que hay a Victoria Ocampo o Macedionio Fernández. Cositas fue traducida a varias lenguas y hubo una recepción bastante cálida. Me contactó el bisnieto de los Wasson, John Wasson, porque estaba haciendo un documental sobre esa historia, sus antepasados y la herencia que dejó María Sabina en Huautla. Lamento que Cositas no haya tenido una traducción más latinoamericana, con más sentido en relación con el texto.
-¿Y tu nueva novela, Pas perdu?
-Salió en marzo. Es una obra de ficción en la que intento cruzar cuestiones ambientales vinculadas con la agricultura intensiva en Francia y la salida del clóset de un adolescente. Por una parte, están las cuestiones ambientales, con las “megacuencas” para el riego que se usan en Francia, y por otra, la cuestión de la identidad sexual, de la emancipación del protagonista, un chico gay hijo de agricultores. Es una novela que empieza de manera realista y luego va por otro lado, más fantástico casi. Es la novela más personal que escribí hasta ahora. Creo que saldrá en Seix Barral.
-¿Con la apropiación cultural de los “hongos mágicos” se perdió la dimensión sagrada de la experiencia?
-Totalmente. Es una historia de desacralización. Y lo que pasó para María Sabina fue un cataclismo total. Su vida cambió por completo, con esos miles de visitantes hippies y jóvenes occidentales que iban a verla para ser iniciados por ella. En un primer tiempo los recibió con curiosidad y con interés, luego por dinero, y después se cansó. Ella también nota que pierde la conexión con lo sagrado. Aunque no aparece en la novela, murió en la miseria extrema, fue marginada por la comunidad y considerada una traidora.
-¿Y lo había sido?
-No parece que hubiera querido traicionar nada. Solo quiso compartir su sabiduría con gente que le parecía honesta y que la traiciona a ella de la manera más brutal posible, divulgando el secreto en un medio de comunicación masivo de la época, con fotos. Pero para la gente de la comunidad de María Sabina ella tuvo la culpa, una especie de Malinche actualizada. Traté de representar a cada personaje con sus ambigüedades. Los Wasson no son los “malos” de la historia; eran autodidactas que hicieron las cosas sin los métodos de los etnólogos o los antropólogos. Tenían una sed de gloria científica y mucha curiosidad.
-¿Dirías que la Argentina es una sociedad micófoba o micófila?
-No sé si la Argentina está en la lista de países que confeccionó Wasson. Por los inmigrantes que hubo, italianos y españoles, se debe haber consumido muchas especies de hongos, gastronómicamente hablando.
-¿Qué vas a hacer en la Residencia de Escritores Malba?
-Propuse una especie de reescritura de El Decamerón, que en las primeras páginas describe una peste en Florencia que lleva a los personajes a refugiarse en un jardín. Entonces, me interesa el lugar del jardín como refugio de la comunidad, y me gustaría conectarlo con varios jardines comunitarios LGBT que están por todo el mundo, como el jardín de Derek Jarman.
-¿Y cómo ves la ciudad de Buenos Aires en tu tercera visita?
-Siento que la situación económica cambió mucho, sobre todo, los precios. Hasta los billetes cambiaron. Y la gente me habla mucho del nuevo gobierno. Leo sobre la situación política de la Argentina porque me interesa y me preocupa, en especial, el revisionismo de los años de la dictadura que impulsa el gobierno. Pasó algo hace poco en París que fue el retiro de la placa de homenaje a los desaparecidos en la Casa Argentina. El tiro les salió por la culata, porque pusieron una placa más grande en la entrada. Estamos a un año en Francia de las elecciones generales también y nos estamos preparando para algo parecido con la extrema derecha francesa. Siento que la extrema derecha en la Argentina está mostrándonos lo que nos puede pasar en un año en Francia, lo que podemos perder, con recortes de presupuestos públicos y ajustes en educación y salud. Vivimos un periodo muy violento.
-¿Afecta el ámbito literario?
-Tanto acá como allá, es un periodo difícil para el mundo literario, no solo por los ajustes en los presupuestos públicos sino también por la reducción del tiempo de la atención, de lectura, en comparación con el que dedicamos a las pantallas. Es una época complicada para publicar y ser leído. Con las redes sociales, los escroleos, lo veo en mi propia vida: paso cada vez más tiempo en mi celular en vez de estar leyendo, por ejemplo. Siento que mi capacidad de atención se está reduciendo también.
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