Intolerancia
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El músico, equipado con una guitarra criolla, una armónica y un parlante, se ubicó contra una de las puertas del vagón y empezó a cantar. Era joven y tenía linda voz. “Hombres de hierro que no escuchan el dolor”... entonaba cuando una mujer, con el celular en la oreja, le gritó: “Callate, no podés estar acá”. El pibe siguió cantando. Enfurecida, pateó la funda de la guitarra del artista subterráneo. Los pasajeros (la mayoría absortos en sus pantallas y algunos pocos, concentrados en lecturas) quedamos impactados por la violencia. “No puedo escuchar los audios. Si no te callas te voy a denunciar”, gritó la señora intolerante. Como testigos mudos de una escena perturbadora que amenazaba con terminar mal, todos clavamos la vista en ambos personajes. Algunos, expectantes y sorprendidos, intercambiamos miradas cómplices cuando la canción se interrumpió abruptamente. El joven explicó que es profesor de música y no tiene trabajo. “Vengo a cantar al subte para juntar algo de plata, pero no me puede tratar así”, dijo mirando a la agresora sin perder la paciencia ni el respeto. Un aplauso conmovedor comenzó de repente y se volvió grupal. El vagón, entonces, recuperó la música. El joven entonó luego “En el país de la libertad”. Qué ironía. La mujer se bajó indignada. De fondo, seguían los aplausos.
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