Juan Carlos Harriott (h.): esa última entrevista, ese hombre del que el mundo debería tener más ejemplares
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El auto daba la vuelta en la rotondita de entrada a su preciosa casa, en su campo, La Felisa, para salir rumbo a Pigüé. Se iba el invitado. Y el anfitrión, pese a cierta dificultad para caminar, hizo el esfuerzo de salir y despedirlo. Se quedó mirándolo, siguiendo con la vista su trayectoria. Como con ganas de continuar conversando. Había sido una hora de charla con grabador, y algo más off the record. La había pasado bien Juancarlitos. Parecía que quería compartir más, pero no se podía. “Venite cuando quieras”, invitó a volver, cuando el periodista pudiera. Intención no faltó, pero no hubo chance. Era el 1 de marzo de este año. Seguramente se trató de su última entrevista.
Era lindo escuchar de él, con detalles simpáticos, recuerdos con su ceceo y su voz de gaucho, que restringía a su apellido, y su rubia palidez, ese apodo “Inglés”. Nada más. No había cosa más argentina que Juan Carlos Harriott (h.), que ni siquiera dominaba la lengua de Shakespeare.
La memoria nunca fue una virtud suya, y menos a los 86 años, pero leer sobre él completaba su historia semiolvidada. Su historia emocionante, de prohombre del polo. “Cuánto sabés, ¿eh?”, comentó, con una leve sonrisa. Como tanta persona de buen corazón, Juancarlitos era engañable... Pero escuchar eso de parte de un prócer no deja de ser movilizador. Era corto de palabra, así que cada una suya valía doble.
Escuchar un desfile declarativo de polistas importantes hablar sobre Harriott para la compilación que elaboró LA NACION fue oír repetidos elogios polísticos, pero también otros no deportivos a la par. Quizás incluso más numerosos. Lo grande que hay que ser para que, pese a estar abarrotado de éxitos, a uno lo recuerden por cómo fue persona. En una de las fotos de Harriott que tomaron protagonismo en estos días, de fondo aparece una prolija repisa, bien grande, de todo lo alto de la pared, cubierta de trofeos. Más que cubierta: casi abarrotada. Hay muchos estantes, y aun así se apiñan las copas. Copas deportivas. Pero si fueran copas axiológicas, humanas, la biblioteca de lauros quedaría aun más chica.

Uno solo entre tantos galardones, sin embargo, reconoció su calidad humana. Se lo dieron en Francia, en 1984, por el fair play. Poco para alguien de quien nunca alguien escuchó una pelea, siquiera una discusión fuerte en la cancha. Tal vez ahí está esa genética británica desmentida por el acento: algo de sangre fría, algo de gentleman. Mucho de gentleman.
Lo más “soberbio” que alguna vez escucharon de su boca estos oídos, a lo largo de tres largas charlas, fue un comentario a la pasada, sin énfasis, que venía a cuento de otra cosa, de una descripción técnica de su Coronel Suárez: “Para el taqueo no era ningún chambón”, dijo sobre sí, con su simpleza y su lenguaje de otro tiempo.
El polo, el mundo, necesitan de más Juancarlitos. Del Juancarlitos de fuera de la cancha.
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