Cumbre progresista, el tren fantasma mundial
Si algo enseña la historia reciente es que muchos de los países gobernados por el “progresismo”, reunidos recientemente en Barcelona, más que avances, han experimentado un marcado retroceso
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Hay palabras que, como ciertas monedas antiguas, siguen circulando aunque su valor haya sido profundamente erosionado. “progresismo” es una de ellas.
La cumbre de líderes autodenominados progresistas celebrada en Barcelona hace pocos días ofreció un ejemplo casi pedagógico de ese fenómeno. Convocados bajo la bandera de un supuesto avance social, político y económico, los participantes se reunieron para discutir el futuro del mundo. O, al menos, para discutir una determinada idea del futuro.
Formaron parte de la cumbre un grupo de jefes de Estado y de gobierno de cuatro continentes, entre ellos, el jefe de gobierno español, Pedro Sánchez; el presidente brasileño Lula da Silva; el colombiano Gustavo Petro; el sudafricano Cyril Ramaphosa, y la mexicana Claudia Sheinbaum. Como representante de la Argentina asistió el gobernador bonaerense Axel Kicillof, mientras que, de los Estados Unidos concurrió el gobernador de Minnesota Tim Walz, quien había formado tándem electoral con Kamala Harris en las últimas elecciones presidenciales de ese país.
La pregunta, inevitable, es ¿qué experiencia concreta de progreso exhiben quienes se arrogan ese nombre? Si algo enseña la historia reciente es que muchos de los países gobernados por estas corrientes —como lo ha sido el nuestro durante la mayor parte de estos últimos años— han experimentado, más que un avance, un retroceso: deterioro institucional, empobrecimiento sostenido, aumento de la conflictividad y, en no pocos casos, una preocupante tolerancia hacia prácticas incompatibles con un Estado de Derecho.
En ese contexto, la representación argentina adquirió un matiz particularmente incómodo, ya que esa delegación representa a un espacio político que ha sido, durante años, objeto de múltiples denuncias de corrupción, varias de las cuales han derivado en condenas judiciales. Además, el desempeño de sus personeros al frente del Poder Ejecutivo local ha sido lamentable.
Cabe entonces preguntarse —sin ironía, aunque la tentación sea grande— cuál fue el grado de comodidad de los restantes participantes al compartir su mesa con los representantes argentinos, cuya trayectoria pública dista de ser un modelo de transparencia y eficacia. Más aún: algunos de los referentes de ese espacio han mantenido, posiciones de abierta simpatía hacia movimientos que recurrieron a la violencia política como herramienta de acción. Que ahora se hayan presentado como exponentes de un ideario democrático y progresista no deja de ser, cuanto menos, un ejercicio notable de elasticidad ideológica, una hilera de vagones en el tren fantasma de los fracasos.
Otro rasgo más que llamativo de este encuentro han sido las declaraciones que esgrimieron. En ellas abundaron las fórmulas previsibles: justicia social, inclusión, igualdad, derechos. Palabras que, en abstracto, nadie podría objetar. El problema comienza cuando se confrontan esas declaraciones con la experiencia concreta de quienes las pronunciaron.
La Argentina ofrece un ejemplo particularmente elocuente. Tras años de políticas inspiradas en ese ideario, el país no exhibe un tejido social más integrado, ni una economía más sólida, ni instituciones más robustas. Por el contrario: acumuló pobreza, inflación, desconfianza y una extendida percepción de impunidad.
Frente a ese balance, la insistencia en presentarse como portadores de una visión superadora del orden existente resulta, por decirlo con delicadeza, poco convincente. O, si se prefiere, profundamente hipócrita.
El problema no es que estas corrientes se reúnan. En una sociedad libre, todas las ideas tienen derecho a organizarse, debatir y proyectarse. El quid es la pretensión de superioridad moral que suele acompañarlas, como si el solo hecho de invocar ciertos valores bastara para acreditarlos.
El progreso no se declama. Se construye. Y se construye con instituciones sólidas, con respeto por la ley, con transparencia en la gestión pública y con responsabilidad en el ejercicio del poder. Exactamente los atributos que, en demasiados casos, brillan por su ausencia en quienes hoy se presentan como sus abanderados.
Quizás por eso estas cumbres resultan tan reveladoras. No por lo que dicen, sino por lo que ponen en evidencia. Cuando quienes han administrado el fracaso se reúnen para hablar de progreso, la palabra deja de ser una promesa. Se convierte en una pregunta incómoda.




