¿Hay alguien con vida? Doce horas con los médicos venezolanos en la zona de desastre
Un equipo médico partió de Caracas rumbo a La Guaira con la intención de rescatar sobrevivientes, pero entre las ruinas solo encontraron silencio
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LA GUAIRA, Venezuela.- Los médicos pensaban que iban a salvar vidas.
Cuando llegaron al centro de la zona de desastre, les dijeron que en realidad iban a buscar muertos.
El viernes, menos de 48 horas después de dos terremotos de gran magnitud que sacudieron Venezuela, la doctora Zaira Medina, de 58 años, reunió suministros donados y a un equipo médico y todos partieron rumbo a La Guaira, un estado cercano a la capital, sobre la costa del país, la zona de desastre más impactada por los sismos.
Entre ellos también se encontraba la hija de la doctora Medina, la cirujana Gabriela Herrera, de 29 años.
“Voy a la guerra”, le dijo Medina al personal médico del Hospital Pérez de León, del que es directora. “Sean cariñosos con las personas que vengan atenderse. Si llega un niño, abracen a ese niño”, les indicó.
Medina no sabía con lo que se iba a encontrar, pero tenía un destino y un objetivo claros: su hogar en La Guaira, para salvar a sus vecinos.
El edificio Portofino Beach tenía nueve pisos y era de color arena. Para muchos era solo su casa de vacaciones, pero para Medina y varios otros médicos también era su hogar.
Los pisos inferiores del edificio habían colapsado uno sobre el otro por el temblor, dejando a los vecinos atrapados en el interior y la estructura peligrosamente inclinada hacia atrás. En algunos sectores, el edificio era ahora solo un amasijo de varillas de acero, tierra y escombros.
Vestidos con ambos de cirugía, zapatillas y cascos de dudosa resistencia, el equipo se subió a una media docena de vehículos y se dirigió rumbo a la costa.

El camino a La Guaira estaba repleto de micros, autos, camiones de ayuda y personas en moto, todos cargados con agua y herramientas rudimentarias para excavar, como palas y cuerdas. Tardaron cuatro horas en llegar del hospital al edificio Portofino Beach, un trayecto que en general les lleva apenas una hora.
Parte del equipo viajó en la caja de una camioneta, pero para intentar llegar más rápido otros se bajaron del vehículo y caminaron parte del trayecto bajo un calor agobiante. Al entrar en La Guaira, pasaron junto a una iglesia en ruinas: la fachada se había desgarrado parcialmente y había dejado al descubierto un interior oscuro como una boca de lobo.
Los camiones de ayuda de la Cruz Roja seguían paralizados en la ruta a causa del embotellamiento.
Medina finalmente llegó al Portofino Beach, donde ya se encontraba una pequeña cuadrilla de Protección Civil revisando entre los escombros. El edificio ya estaba envuelto en punzante olor acre, el que desprenden los cuerpos en descomposición.
La cuadrilla de Protección Civil se encontraba a cargo del jefe del equipo, Germán Ortiz.
Hablando en voz baja, como para no alarmar a los vecinos sobrevivientes que se habían acercado al lugar, Ortiz les informó a los médicos que su equipo no había escuchado voces dentro del edificio.
Así que solo estaban intentando recuperar los cuerpos.
Y para reconfirmar lo dicho, gritó a toda voz: “¡Somos el equipo de rescate! Si hay alguien vivo, ¡hagan algún ruido!”.
Silencio absoluto.
Lo volvió a intentar.
Nada.

El equipo médico igual quería entrar al edificio, pero Ortiz se los negó: no tenían ni los cascos ni el equipo adecuados.
Medina y los médicos de su equipo insistieron, convencidos de que ahí dentro alguien debía estar vivo.
Ortiz cedió: podían trabajar en la periferia del edificio, retirando escombros, en equipos que se turnaban cada 20 minutos para evitar el agotamiento.
Frente al Portofino Beach había una retroexcavadora amarilla, parada, que no se utilizó en ningún momento. Medina lo lograba entender por qué.
“¿Saben una cosa?”, les dijo en determinado momento al resto de los rescatistas. “Este es mi edificio, yo vivo acá”.
Un trabajador de Protección Civil la abrazó.
“Si, lo sabemos”, le respondió. “Estamos todos juntos en esto”.
Los médicos comenzaron a remover los escombros. Entonces cayó la noche. Sin luces potentes que los guiaran, la búsqueda se hizo más lenta y finalmente se frenó.
Pero los médicos no querían bajar los brazos y decidieron seguir adelante, buscando algún lugar donde pudieran ser útiles.
Se subieron a sus vehículos y salieron a buscar edificios donde pudiera haber supervivientes. Cuando el tráfico los detuvo, algunos se bajaron y siguieron a pie.
En algunos tramos la oscuridad casi total. Entonces encontraron a un equipo de rescatistas colombianos y notaron que había movimiento.
¿Tal vez alguien con vida?
Un hombre armado —¿policía? ¿militar? Nunca lo supieron con certeza— intervino para explicarles que las personas que se movían en la oscuridad eran saqueadores, no sobrevivientes que necesitaran ayuda.
Después hubo un momento de tensión entre los rescatistas: mientras algunos pedían silencio para poder oír el ruido o la voz de algún sobreviviente atrapado, otros les gritaban a sus compañeros que habían distinguido tres cuerpos entre los escombros.
Llegado ese punto, les ganó el cansancio y los médicos regresaron a sus vehículos.
Tardaron horas en volver. Llegaron a la capital alrededor de las 4 de la mañana. Durante esa expedición de 12 horas, no habían atendido a un solo paciente.
Todas las personas a las que hubieran querido ayudar estaban fuera de su alcance, o ya habían fallecido.
Traducción de Jaime Arrambide
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