Andrés Vicente: triunfó en Los Benvenuto, emigró a Colombia y 27 años después volvió para actuar en la avenida Corrientes
Regresó para hacer Berlín,Berlín, que protagoniza Pablo Rago, en el Teatro Apolo
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Hace 27 años, luego de divorciarse, Andrés Vicente decidió cambiar de Aires y se fue a México durante cuatro años y luego a Colombia, donde vive actualmente y dirige una productora de contenidos. Pero hace unos meses recaló otra vez en nuestro país, para ser parte de Berlín Berlín, la comedia que puede verse de miércoles a domingos en el Teatro Apolo.
LA NACION conversó con el actor sobre las ganas de hacer teatro en la avenida Corrientes, sobre la decisión de irse del país y sobre qué extraña de la Argentina. Además, recuerda algunos de los programas en los que estuvo, entre ellos Aquí llegan los Manfredi, Los Benvenuto y Cebollitas. Antes, Vicente había estado haciendo una temporada breve en teatro con una obra que produjo y protagonizó, 30º Aniversario. “Vine un año antes de la pandemia, porque tenía muchas ganas de hacer una producción independiente. Estuvimos dos meses, porque yo no podía quedarme más. Desde el punto de vista artístico fue bárbaro, y desde el punto de vista económico fue un desastre (risas). Sabía que no era una cuestión de inversión económica y que no iba a ganar plata con eso”, detalla.
-Fue un gusto que quisiste darte…
-Sí. Exactamente. La escribimos con Gaby Almirón, y hablaba de una pareja de hombres maduros que se enamoraban. Y tenían una hija que la interpretó Daniela Nirenberg, a quien había conocido en Cebollitas.
-Y ahora volviste para hacer teatro, ¿cómo se dio?
-Había hablado con Gustavo (Yankelevich), con quien seguimos en contacto en todos estos años, aunque yo no he estado en la Argentina. Le dije que tenía ganas de hacer teatro. Económicamente estoy bien, porque tengo una pequeña productora en Bogotá con la que generamos contenidos para la televisión pública americana. Tengo un socio con el que no tengo problemas, me puedo tomar un tiempo muy largo, y quería volver al escenario. Al año me llamó y me dijo que tenía un personaje chiquito en Berlín Berlín. Le respondí que me servía y acá estoy. Más allá de la amistad con Gustavo, lo considero y lo valoro porque, lejos, es el mejor productor que hay en este país. Me organicé para estar un largo tiempo.
-¿Querías venir porque extrañabas?
-No es una cuestión de extrañar, sino de hacer lo que tengo ganas de hacer. Y eso ya es bastante. Para un actor es mucho. En Colombia es muy difícil trabajar como actor. Para los actores argentinos, diría que es casi imposible hacer teatro o ficción.
-¿Por qué?
-Primero porque hablamos muy fuerte. Segundo, porque la lengua latina no es la misma. El modo de decir no es el mismo. Y en Colombia tampoco usan el neutro. Es el lenguaje más parecido al español que hay.
-Por eso trabajas como productor…
-Sí. Yo me reinventé desde ese lugar y desde la escritura. Porque primero fui a México a trabajar como autor, en 1999. Estuve cuatro años.

-¿Por qué te fuiste?
-Ya tenía una oferta de gente amiga que tenía una productora en México. Y cuestiones personales de pareja, determinaron que decidiera agarrar el avión e irme.
-¿Te fuiste solo o con familia?
-Solo. Mis hijos se quedaron acá. Tengo tres hijos de dos matrimonios distintos: Facundo, del primero, y Felipe y Joaquín, del segundo. Me divorcié y necesité un cambio. En México trabajé como autor y productor también. Después me fui a Colombia y creamos una pequeña productora que se llama Lápiz. Trabajamos muy bien, con documentales fundamentalmente. No me subía a un escenario desde hacía 27 años, salvo por esa temporada breve de teatro. Este también es un reencuentro con mis hijos, porque si bien viajaba todos los años para verlos, no teníamos lo cotidiano. Y alguna vez me lo han recriminado, sobre todo el más chico.
-¿Cómo fueron estos años viviendo fuera del país?
-A veces fue duro, porque nadie te cuenta las cosas negativas, que existen y son muchas. Viviendo afuera te sentís un extranjero en todos lados, allá y acá. Pero me quedé porque se fueron dando las oportunidades. Y me acostumbré a ser extranjero. Adaptarte a otro país lleva dos años, según mi experiencia. Aunque se habla la misma lengua, la idiosincrasia es otra, y la cultura también. Tienen otra manera de decir las cosas, y de entenderlas.
-Estuviste en la producción de Gran hermano en Colombia, ¿qué hacías?
-También hice otro reality que se llama A la vuelta a la esquina, en México. Fui director de contenido de Gran hermano. Me llamó Marcos Gorbán, que había hecho el reality acá, y me hizo la propuesta. Yo no tenía la menor idea de qué era Gran Hermano. Estar del otro lado de la cámara en ese formato es muy interesante. Fascinante, diría. Estás en la isla de edición y contás las historias que se van armando; tenés 40 monitores al mismo tiempo. Es una locura.
-¿Pudiste chusmear algo de Gran Hermano. Generación Dorada?
-No, no, la verdad que no. Honestamente, no soy fan del formato. Soy fan de la ficción.
-Cambiando de tema, ¿estás en pareja?
-Sí, desde hace varios años. Se llama Carolina y es administradora de empresas. Maneja un restaurante muy conocido en Colombia que se llama Mi viejo, y a donde van todos los políticos colombianos. En unos días viene a visitarme.
-Creciste en Pinamar, en una familia de artistas, y viniste a Buenos Aires para estudiar actuación, ¿fue así?
-Sí, nací en Buenos Aires pero crecí en Pinamar, donde estuve hasta los 17 años, cuando vine a estudiar al Conservatorio de Arte Dramático. Mamá, Sonia Valdéz, hacía radioteatro; y mi papá, Manuel Vicente, era director de televisión y trabajó mucho en Canal 13 en la década del ‘60 con los cubanos y después muchos años fuera del país. Papá era maestro mayor de obras también, y en un momento nos radicamos en Pinamar. Construyó muchos edificios en esa época, que todavía están en pie, incluido el muelle de Pinamar. Y yo estudiaba en Madariaga y viajaba todos los días 30 km, porque no había secundaria en Pinamar. Me vine a Buenos Aires porque quería ser actor. De chico iba con mi papá a los estudios de Canal 13 y veía a Pepe Biondi, a José Marrone, a Luis Sandrini, a Pan de leche (Héctor Sturman). Y me encantaba; quería hacer eso.
-¿Y cuál fue tu debut profesional?
-Debuté en teatro haciendo Un trabajo fabuloso, con dirección de Inda Ledesma, junto a Hugo Arana y Adriana Aisenberg. Y en televisión lo primero que hice fue Aquí llegan los Manfredi, que producía Gustavo Yankelevich en Canal 13. Un día fui a los estudios y le dije que quería trabajar. Me respondió que tenía un trabajo para mí, y a partir de entonces nunca cortamos la relación; después seguí trabajando con él durante casi diez años en Telefe.
-¿Qué recuerdos tenés de Los Benvenuto, que estuvo seis años al aire?
-Era un programa en vivo que remitía a los de los años ’60. Estábamos una hora y media todos los domingos al mediodía. A la noche yo hacía teatro de revistas en el Tabaris, con Susana Traverso y Tristán, y dirección de Hugo Sofovich. Entonces, la repentización que me daba el trabajo en vivo, la volcaba en el escenario y daba otro tempo, otro tempo de comedia. Aprendí mucho de Tristán. Siempre fui muy ecléctico. En Los Benvenuto ensayábamos una vez por semana, y los domingos íbamos al canal a las 7 de la mañana, para hacer dos pasadas de cámaras antes de salir al aire. Había un guión, pero improvisábamos mucho. Era muy divertido. A Guillermo (Francella) le gustaba improvisar y cualquier cosa la sumaba al programa; me acuerdo que un día abrió la puerta de un decorado y estaba el utilero que acababa de terminar algo y en ese momento Guillermo dijo “pase, pase”. Y el tipo pasó delante de la cámara y sale. Esas cosas pasaban.
-Y en Cebollitas hiciste de villano…
-Sí. Nunca había trabajado para chicos y Enrique Torres, el autor, me llamó para proponerme ese personaje. Me dijo que hiciera un villano de cómic, y me inspiré en los personajes de la película Mi pobre angelito. Fue otro éxito que además se vio mucho en América Latina. Y en Los Manfredi trabajé con Pablo Rago, con quien nos reencontramos ahora en Berlín, Berlín y fue muy lindo.
-¿Te estás habituando otra vez a nuestro país?
-Sí, aunque a veces es difícil.
-¿Qué es lo que te resulta difícil?
-Hay cosas que me molestan, como por ejemplo la falta de respeto cotidiano. Cada vez más. Buenos Aires se ha convertido en un coto de la falta de respeto. Y eso en Colombia no sucede porque son muy respetuosos y tienen una manera de hablar muy suave. Es muy raro que alguien insulte. El insulto me molesta… Las palabras tienen un valor. No son gratis. Hay que pensar en el efecto que pueden causar. Eso no me gusta.
-¿Y qué extrañabas?
-Los olores. Buenos Aires tiene olor al perfume de los árboles y cuando llego, lo reconozco.
-¿Qué va a pasar cuando terminés con la obra?
-Tengo ganas de quedarme un tiempo y estoy trabajando en una adaptación que voy a mostrarle a Pablo (Rago). Vamos a ver qué pasa.
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