El adiós de Stephen Colbert: por qué la cancelación de The Late Show es una victoria para Donald Trump y el fin de una era
El apego a una institución puede parecer contradictorio, especialmente en el caso de la comedia, una forma de arte rebelde, pero con el final de este ciclo hay mucho más en juego
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Sentir apego por una institución puede parecer un contrasentido, especialmente si hablamos de una forma de arte tan transgresora como la comedia. Pero con el programa nocturno de Stephen Colbert se entienden esos sentimientos, porque es mucho lo que estaba en juego…
Los últimos meses de The Late Show With Stephen Colbert vienen siguiendo un guion conocido: una sucesión de celebridades que se emocionan y rinden homenaje al programa con canciones tristes y presentaciones artísticas.
John Lithgow leyó un poema celebratorio titulado “El Poderoso Colbert”. Jake Tapper llevó un cuadro del conductor representado como una versión de Gollum de El Señor de los Anillos, una de las obsesiones de Colbert. Nathan Lane cantó una balada llamada “Laughing Matters” (“La risa importa”). Jimmy Fallon y Billy Crystal interpretaron sus propias versiones de clásicos de Sinatra.
Desde que Bette Midler hizo llorar a Johnny Carson con una canción de despedida, el largo y emotivo adiós se ha convertido en una tradición propia de los programas nocturnos, empalagosa para algunos, conmovedora para otros. A esta altura, es un cliché tan familiar que nos recuerda que con la cancelación de “The Late Show” por parte de CBS, no solo perdemos a Stephen Colbert, sino también una institución de la televisión norteamericana: aunque parezca increíble, cuando el programa se emita por última vez, el 21 de mayo, habrá estado al aire más tiempo que la versión de Carson de “The Tonight Show”.
Los nuevos dueños de CBS están bajo presión para complacer al gobierno de Trump, que debe aprobar la adquisición, pero la cadena podría haber reemplazado al presentador y, en cambio, decidió cancelar directamente el programa. Para contextualizar, cabe recordar que el presidente Trump viene reclamando que despidan al presentador de “Jimmy Kimmel Live!”, la otra alternativa de larga trayectoria de las 23.30 a The Tonight Show, la “gran dama” de la televisión de trasnoche.
Defender las instituciones se ha convertido en algo impopular. Las encuestas indican que nadie confía en ellas, ni en los medios de comunicación, ni en las universidades, ni en los científicos, ni en la política. Y lo que representan —orden, estabilidad— es un anatema para la irreverente sensibilidad de los humoristas.
En referencia al declive de los programas nocturnos, el expresentador Arsenio Hall dice que las cosas siempre cambian y que antes que The Tonight Show caiga en el olvido, es preferible que lo levanten. En 2010, cuando Conan O’Brien dejó la conducción del programa de la NBC por la presión de la cadena para cambiarlo de horario y argumentó que era mejor irse que “dañar” la franquicia, Jerry Seinfeld se burló de la idea de que existiera una “tradición” de la televisión nocturna. “¿No te das cuenta de que todo eso es un bolazo?”, le dijo Seinfeld al periodista Bill Carter, y agregó que los programas de entrevistas giraban en torno al presentador y nada más. “No hay ninguna institución a la que ofender”.

Siempre sintonicé con la postura de Seinfeld, por exagerada que haya sido. Una forma de arte sana requiere dinamismo y savia nueva. Ninguna institución me ha hecho reír jamás. Y sin embargo, a medida que el final de The Late Show se va acercando, noto que me pongo sentimental como los invitados que pasan por el programa a cantar canciones nostálgicas. ¿Qué perdemos exactamente con el levantamiento de The Late Show?
“Una guerra” de conductores
Para entenderlo hay que remontarse al principio. Corría el otoño de 1993 y los programas nocturnos de entrevistas habían alcanzado, en mi opinión, el clímax de su relevancia cultural. El año anterior, HBO había estrenado The Larry Sanders Show, una serie que satirizaba los entretelones de los programas del género, y Bill Clinton fue elegido presidente, con una participación tocando el saxo en The Arsenio Hall Show que lo ayudó a cosechar muchos votos. El género tenía tanta influencia en la cultura popular norteamericana que a la competencia entre los conductores se la calificaba muy seriamente como “una guerra”.
The Late Show nació de una rivalidad. David Letterman y Jay Leno, ambos habitués del Comedy Store de Hollywood en la década de 1970, ambicionaban suceder a Carson como presentadores de The Tonight Show. Cuando Leno se quedó con el trabajo, Letterman dejó su programa —que se emitía por NBC a las 00.30 después de The Tonight Show— y firmó un contrato millonario con CBS para crear lo que hoy consideramos una institución y que competía directamente con Leno.
El ocaso de los programas nocturnos en la fragmentada cultura actual tal vez impida dimensionar esa rivalidad apasionada entre hombres de traje que bromeaban sentados detrás de un escritorio, pero en realidad fue el culebrón Kendrick Lamar versus Drake de su época. La elección de tu presentador nocturno favorito definía tu tipo de sensibilidad y generaba fandoms tóxicos. Yo, por ejemplo, estaba a punto de entrar a la universidad y daba por hecho que cualquiera que prefiriera a Leno estaba descartado. Parafraseando la reseña de Kenneth Tynan sobre “Look Back in Anger”, dudo que en aquel entonces pudiera amar a alguien a quien no le gustara Letterman. Sería por eso que no conseguía novia...
Para un imberbe aficionado al humor como yo, lo de Leno era un stand-up convencional y sin pretensiones, y representaba al establishment, mientras que Letterman ejercía un atractivo estético irreverente, un hombre de aguda ironía que disfrutaba de la experimentación formal, burlándose de sus jefes y de los convencionalismos de los talk-shows.
Con The Late Show, Letterman no solo logró adelantar su horario de salida al aire, sino algo más profundo: el gusto del público tuvo la oportunidad de que se le hiciera justicia; les dio una causa a la que apoyar. En los 90 era todo más sencillo. La primera vez que fui a Nueva York sin mi familia fue para asistir a la grabación del décimo episodio del programa. Hice esa peregrinación porque quería estar en mi programa de entrevistas favorito, pero también —hasta me avergüenza ponerlo por escrito— porque estar ahí me parecía importante. Lo que recuerdo no son tanto los chistes o la actuación de Robert Plant, sino el ambiente electrizante del estudio. En la fila para entrar se vivía el mismo clima que antes de un concierto de Taylor Swift. El público reaccionaba a carcajadas con cada chiste. Estaba entre verdaderos fans.
Stephen Colbert es un artista muy diferente a Letterman, pero cuando lo sucedió en The Late Show fue como una especie de continuidad. También enloqueció a los aficionados a la comedia y se destacó como un artista ambicioso. Letterman conducía un programa considerado como una especie de anti-entrevista, un marcado contraste con The Tonight Show, donde hasta el escritorio estaba en el otro extremo del decorado. Colbert había hecho algo similar en Comedy Central: tras la voz moralizante de The Daily Show, lanzó una parodia ingeniosa y virtuosa, The Colbert Report. Al igual que Letterman, reinventó el formato gracias a su dominio del arte de decir lo contrario de lo que pensaba.
Como fue creado para competir con su rival de la NBC, The Late Show era a la vez una institución y una transgresión. Y Colbert mantuvo vivo ese doble espíritu. Montó un programa más tradicional que The Colbert Report, pero encontró la vuelta para que The Late Show expresara su propia personalidad, ya fuese su costumbre de recitarles poemas de memoria a las estrellas de cine invitadas, su entrañable entrevista con Stephen Sondheim, o un monólogo cantado desde la bañadera.
El perfil “alternativo” que conservó The Late Show se debe a que supo incorporar la actualidad: mientras que The Tonight Show, presentado por Jimmy Fallon desde 2014, busca que su contenido sea ligero y apolítico, Colbert ha respondido a la situación actual con contundentes ataques cómicos contra el presidente Trump. Y la cancelación del programa de Colbert justo antes de un acuerdo de compra que requería la aprobación del gobierno le ha dado una resonancia adicional a su salida. En los últimos meses, el presentador ha invitado a figuras políticas demócratas como James Talarico, Elizabeth Warren y Barack Obama.
Los conductores como Letterman siempre se han burlado de los presidentes, ejecutivos de cadenas de televisión y de los jefes. Algunos piensan que Colbert se volvió demasiado partidista y predecible para ser gracioso, pero aunque fuera cierto, fue un intento no solo de conectar con esta era tan politizada, sino también de cumplir el rol de presentador de actualidad. En una reciente entrevista con la revista GQ, Colbert dijo ser más conservador de lo que la gente piensa. Le creo.
Suele plantearse la defensa de las instituciones en el marco de la preservación de la estabilidad, la fiabilidad y otras virtudes que chocan con lo que el público espera de la comedia. Pero a veces el arte irreverente necesita el poder sólido de las instituciones de su lado, que permiten que los artistas lleguen a nuevas audiencias y asuman riesgos que de otro modo no se atreverían a asumir.
Entre las grandes instituciones del stand-up y el humor televisivo, The Daily Show ha demostrado ser un formato robusto que fue la plataforma de muchos presentadores y corresponsales. También está Saturday Night Live, cuyo éxito es atribuido a la capacidad del programa para reinventarse sin perder su esencia. El nuevo documental de Morgan Neville, Lorne, argumenta que el productor de SNL, Lorne Michaels, ha protegido a los artistas del programa de una manera que no será la misma cuando ya no esté. ¿La prueba?: los programas que produce Michaels —SNL, Late Night With Seth Meyers y The Tonight Show Starring Jimmy Fallon— ni siquiera parecen haber cedido a la presión política, a diferencia de los programas de ABC y CBS.
Qué pasará con la televisión nocturna
La CBS sostiene que canceló The Late Show por razones económicas. La enorme atención y la pasión que despertó en su momento el duelo entre Leno y Letterman y que dio origen a The Late Show ayudaron a justificar la magnitud y los presupuestos de los programas de trasnoche. Cuando Letterman se pasó a la CBS, presentó un programa menos ambicioso y más caro, lo que décadas después lo hizo más vulnerable a los recortes de presupuesto. El futuro de la televisión nocturna será más parecido a podcast en video, y es difícil imaginar que regrese el formato de gran espectáculo.
Y si no, miren el programa que lo reemplazó. Comics Unleashed, de Byron Allen, es una producción de bajísimo costo: un panel de comediantes que cuentan chistes. No es un programa de la CBS: la cadena le cedió el espacio a Allen, que debe conseguirse su propia pauta. Es la opción de más bajo riesgo y menor recompensa que CBS pudo haber elegido. Con Comics Unleashed, ni ganará mucho dinero ni tendrá gran impacto cultural. Norm Macdonald describió una vez su participación en el programa de esta manera: “Nunca me sentí con menos libertad de acción”.
Cuando le pregunté a Letterman sobre la cancelación del programa, pareció preocupado por Colbert, pero tiene una idea muy clara de lo que implica el cambio: esa institución que él creó le importa menos que la gente. “Primero siempre es la persona, la personalidad, y después todo lo demás”, me dijo por teléfono y agregó que sigue los pasos de otros en CBS, como Merv Griffin. Sin embargo, cuando le pregunté si podía imaginar el final de The Tonight Show en NBC, reaccionó rápidamente. “Absolutamente no”.

Cuando Carson arrancó con The Tonight Show, Letterman era un adolescente más o menos de la misma edad que yo tenía cuando empecé a ver a Letterman. Quizás el poder de un programa de tantos años reside en que nuestra conexión con el programa va evolucionando con el tiempo, y si ese apego comenzó en la infancia, es más probable que perdure.
Es evidente que existe una conexión emocional entre los fans y las instituciones del mundo del espectáculo con tanta trayectoria, pero ¿no es nada más que eso? El debate sobre si la cancelación de Colbert responde a razones comerciales o políticas le resta importancia a la explicación tecnológica. Y no hablo solo de la forma en que Internet multiplicó la competencia o incentivó la viralización de los contenidos por encima del rating. La ideología de Silicon Valley, origen de la fortuna que compró CBS, se basa en la fe en la disrupción.
Pero la estrategia de actuar con rapidez y romper esquemas puede ser una inconciencia e ir contra toda lógica empresarial. De hecho, aferrarse a la tradición, confiar en el valor de la nostalgia y de una marca es mucho más juicioso. Y si algo hemos aprendido en las últimas décadas de revolución digital, es que las instituciones son mucho más fáciles de destruir que de construir.
Traducción de Jaime Arrambide.
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