El diálogo interno que nos lastima
Bernardo Stamateas te invita a conocer tres de los diálogos internos más comunes que pueden afectar nuestra vida
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Todos los seres humanos mantenemos un diálogo interno constante. Es una conversación silenciosa que nunca se detiene y que, muchas veces, influye profundamente en nuestras decisiones, emociones y forma de actuar.
Te invito a reflexionar: cuando hablás con vos mismo, ¿qué te estás diciendo?
Existe un tipo de diálogo interno que puede llegar a lastimarnos. En ocasiones, las palabras que nos dirigimos son más duras y destructivas que las que recibimos de los demás. Este tipo de pensamientos negativos termina moldeando nuestro mundo emocional y cognitivo, y, como consecuencia, impacta directamente en nuestra conducta.
A continuación, te invito a conocer tres de los diálogos internos más comunes que pueden afectar nuestra vida.
1. El crítico
Es la persona que vive criticando su propia conducta: lo que ella misma dijo o hizo. Nunca está satisfecha y corrige permanentemente sus propios errores. Evalúa, mide, juzga. Utiliza palabras como “debo” o “tengo que”. Se compara con los demás y nunca se siente contenta. ¿Cuál es su lema? Si cumplo, valgo. Pero jamás resulta suficiente lo que ella hace.
La autocrítica no sirve en absoluto. Lo que debemos hacer es aprender continuamente para mejorar, no para criticarnos. Y, sobre todo, soltar la creencia estructural inconsciente de que valemos por nuestros logros o por las tareas que realizamos.
2. El persecutorio
Es el diálogo interno de la sospecha: “Acá hay gato encerrado…”. Es la persona que es desconfiada porque fue traicionada, estafada, engañada. Y la herida interna no está sanada. Estamos inmersos en una sociedad persecutoria con gente que desconfía de todo el mundo. ¿Y qué busca el desconfiado crónico? Anticipar el peligro, el castigo o la pérdida. Por eso, vive en alerta. Su lema es: El mundo es peligroso.
Aquí es fundamental desarmar esa desconfianza que está instalada, esa creencia de que hay que sobrevivir en un mundo peligroso, esa “hipervigilancia 24/7” frente a todo lo malo que podría llegar a ocurrir.
3. El descalificador
La persona que se descalifica emplea frases como: “Qué mal que estuve”, “No sé hablar”, “No lo voy a lograr”. La matriz de este diálogo interno es: Yo no valgo. Desde allí, comienza a etiquetarse a sí misma como torpe, olvidadiza, tonto, incapaz, etc.
En este caso, es necesario desarmar la creencia de que, si no hacemos, no sabemos o no tenemos, no valemos. Y reemplazarla por la verdad: todos somos valiosos por el solo hecho de ser humanos, de estar vivos y de ser la creación más grande de esta tierra. Vos y yo somos la imagen misma del Creador.
Por eso, todo lo que nos decimos a nosotros mismos determina cómo nos sentimos. No somos solo átomos; somos palabra, mente y espíritu. Y las palabras pueden lastimarnos o curarnos. Identifiquemos y desarmemos toda “creencia nuclear” que no nos favorece. No permitamos que nuestros pensamientos nos dirijan. Escojamos siempre la vida y la paz.
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