
Uno de los primeros recuerdos relacionados con el miedo, Iván Nesteruk lo asocia al recreo. Parece algo simple, pero le tenía temor al momento en que sonaba el timbre. Ahí aparecían las burlas, los apodos, los empujones y, a veces, los golpes. El aula, incluso con todo lo que también podía pasar ahí adentro, le daba una sensación mínima de resguardo. Aunque muchas veces hasta responder una pregunta bien o recibir una nota buena en voz alta era motivo de burlas.
“Una situación que me marcó mucho fue que me encerraran en un baño de la escuela después de empujarme y pegarme. Pasó dos veces. Y sé que para algunas personas puede sonar como una ´travesura´, porque incluso cuando lo conté de grande hubo quienes lo minimizaron. Pero yo tenía 10 u 11 años. Y lo que más me marcó no fue solamente el encierro físico, sino lo que significó emocionalmente: sentir que nadie me defendía, que nadie me buscaba, que yo podía desaparecer ahí adentro sin que pasara nada”, rememora Iván.
Aprender a callar
Iván se sentía invisible porque, durante mucho tiempo, intentó pasar desapercibido para no dar motivos a las burlas. Incluso cuando pidió ayuda dentro de la escuela, sintió que las consecuencias fueron peores, así que aprendió a callar. En su casa, en cambio, prefería guardar silencio sobre muchas cosas: lo hacía para proteger ese espacio y que siguiera siendo, al menos allí, un lugar feliz.
“Empecé a refugiarme en la lectura, porque me llevaba a otros mundos, y en la escritura, porque ahí podía inventarlos yo. En esos lugares no había peligro”.
Seguía yendo a la escuela, pero empezó a desarrollar dolores físicos: retorcijones y cólicos tan fuertes que lo doblaban en la cama. Pasó por muchos estudios médicos y nunca apareció una causa específica que explicara por completo lo que le sucedía; en ese momento no se hablaba tanto de cómo el cuerpo también puede expresar el sufrimiento emocional.
Fuera de la escuela se refugiaba en su casa, compartiendo tiempo con su hermana, leyendo y escribiendo. La lectura se volvió un escape imprescindible.
¿Qué pasó en la secundaria?
En la secundaria el acoso fue más verbal que físico, pero igual se aisló mucho, sobre todo durante los primeros tres años. Le costaba muchísimo ir a juntadas o relacionarse con grupos grandes. Además, muchas de las situaciones dolorosas habían venido de chicos mayores, así que esa diferencia de edad se convirtió en una alerta constante.
Años después, cuando terminó la secundaria, se fue de su pueblo, Bowen, en el sur de Mendoza, a estudiar a San Luis. Fue allí, ya en la universidad, donde tuvo su primer ataque de pánico. Hasta ese momento no había relacionado lo vivido en la infancia y la adolescencia con su salud mental. Percibía síntomas físicos, miedos y ansiedad en niveles desproporcionados para las situaciones que enfrentaba, pero no entendía de dónde venían.
“Escuchar un diagnóstico y empezar un tratamiento fue un antes y un después”
Tras muchos chequeos médicos, le diagnosticaron Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG) con crisis de pánico. Recién entonces empezó a ponerle nombre a lo que le pasaba.
“El primer paso no lo di completamente por voluntad propia, sino porque mi cuerpo ya no podía sostener todo lo que yo venía callando. Después de varios episodios y los estudios médicos que daban bien, un médico de mi pueblo fue quien entendió que lo que me pasaba necesitaba otro tipo de abordaje y me derivó de urgencia a un psiquiatra. Siempre digo que, en algún punto, la ayuda llegó a mí cuando mi cuerpo empezó a hablar por todo lo que yo había silenciado durante años. Y aunque yo tenía conciencia de que algo no estaba bien, escuchar un diagnóstico y empezar un tratamiento fue un antes y un después”.
Iván recuerda una conversación muy clara con su psiquiatra en la que le decía que le daba miedo depender de la medicación siendo tan joven. El profesional le respondió algo que se le quedó grabado: que si su objetivo era estar bien, tenía que permitirse usar las herramientas necesarias para lograrlo.
Con el tiempo entendió que pedir ayuda no lo hacía débil ni menos capaz. También fue incorporando otras herramientas que le ayudaron mucho a través de la terapia psicológica.
Difícil, incómodo y muy movilizante
Con su familia, cuenta, el proceso fue muy particular porque lo acompañaron desde el principio y fueron descubriendo lo que estaba pasando. Pero, aun así, hablar realmente de lo emocional le costaba muchísimo. Durante años se había acostumbrado a esconder lo que sentía, entonces abrir esa puerta fue difícil, incómodo y también muy movilizante. Una de las cosas más duras fue aceptar que yo no podía resolver todo solo.
“En mi caso, descubrí la meditación con mi nueva psicóloga y realmente me ayuda muchísimo. Encontré ahí espacios de pausa, de respiración consciente y de conexión con mi cuerpo. Parece algo simple, pero cuando vivís con trastorno de ansiedad estás desconectado del presente, vivís en un estado de alerta constante y pensando en el futuro. Las meditaciones guiadas, los ejercicios de respiración y los escaneos corporales me ayudaran a bajar ese nivel de alarma permanente. Hoy siento que tengo una especie de ´valija de herramientas´ para distintas situaciones. Algunas me sirven más para momentos de crisis, otras para prevenirlas o para ordenar pensamientos. Y creo que eso también es importante decirlo: no existe una única fórmula que funcione para todos”.
La importancia de empezar a hablar
Iván cree que los primeros cambios aparecieron cuando empezó a darle tiempo al tratamiento y a entender que recuperarse no iba a ser algo inmediato. La medicación, en su caso, fue importante porque le permitió estabilizarse lo suficiente como para empezar a trabajar otras cosas más profundas. “Pero si tengo que pensar en un verdadero antes y después, diría que fue empezar a hablar. Hablar en terapia, hablar con personas cercanas y también escribir. Porque cuando uno pone en palabras algo que estuvo guardado durante años, ya no vuelve a ocupar el mismo lugar adentro tuyo”.
La escritura se convirtió en una manera de sacar afuera cosas que a veces verbalmente Iván no podía explicar. Escribir lo ordenaba, lo calmaba y lo ayudaba a entenderse. Y la lectura sigue siendo, como desde chico, un refugio.
“El miedo a no conocer el recorrido, a equivocarme ante los demás alimentaba una ansiedad voraz”
Irse de su pueblo en Mendoza a estudiar a San Luis nunca fue un problema; la distancia entre provincias no le asustaba. Lo que realmente lo paralizaba era algo mucho más cercano: tomar un colectivo urbano dentro de la ciudad. Puede sonar extraño para quienes no lo viven, dice, pero ahí adentro aparecían mil factores fuera de su control. “El miedo a no conocer el recorrido, a equivocarme de parada, a sentirme atrapado o a exponerme ante los demás alimentaba una ansiedad voraz. Descubrí que la ansiedad florece justamente ahí, en el intento desesperado por controlar lo impredecible, transformando la rutina ajena en un laberinto propio”.
La victoria llegó a sus 33 años, una edad en la que muchos dan por sentada la autonomía, pero que para Iván significó el inicio de su verdadera libertad. Ese primer viaje solo en colectivo no fue una casualidad, sino el fruto de un trabajo terapéutico inmenso y silencioso. Le costó tiempo, paciencia y mucho esfuerzo aprender a mirar de frente a sus fantasmas, entendiendo que esos escenarios catastróficos que su mente creaba eran solo pensamientos, no realidades. Detrás de ese viaje de pocos kilómetros hubo un mapa de superación personal que requirió una valentía enorme.

“Al bajar de ese colectivo, lo primero que hice fue escribirle a mi mamá, a mi hermana y a una amiga. No les había dicho nada antes porque necesitaba que este logro fuera completamente mío, sin la red de seguridad de saber que alguien más estaba pendiente o preocupándose por mí. Para el resto del mundo fue un viaje más en un día cualquiera; para mí, fue un triunfo monumental. Romper con lo que durante años consideré impensado me demostró de lo que soy capaz. Ese día, al fin, sentí que recuperaba una parte hermosa y genuina de mi propia libertad”, se emociona.
El nacimiento de una voz: no soy el ansioso
Para Iván, el germen de este libro existía mucho antes de ser un proyecto consciente: habitaba en fragmentos, cuadernos y notas sueltas nacidas desde la necesidad genuina de sanar. La chispa definitiva se encendió cuando un compañero de trabajo leyó uno de esos textos y, conmovido, le dijo: “Esto tiene que ser un libro”. En ese instante, Iván entendió que su dolor y su aprendizaje podían transformarse en un faro para otros. Sintió la certeza de querer ofrecerle al mundo el testimonio que a él mismo le hubiera gustado encontrar cuando se sentía atrapado en el laberinto de la mente.

El título de la obra, No soy el ansioso, encierra el corazón de su filosofía: la firme convicción de que un diagnóstico jamás define la identidad de una persona.
A través de un relato cronológico sumamente original, en sus páginas se recorren la infancia, los años de silencio y el dolor del acoso, pero también el luminoso proceso de reconstrucción y sanación. Con este libro, el objetivo de Iván trasciende lo personal para volverse colectivo: busca derribar los tabúes que rodean a la salud mental.
¿Cómo es su vida en la actualidad?
Hoy, la vida de Iván se divide entre San Luis y su pueblo natal. Tras priorizar su salud mental por encima de las presiones externas, logró recuperar placeres que antes la ansiedad le robaba: hoy disfruta plenamente de compartir tiempo con sus amigos, sus sobrinos y su familia —quienes son sus pilares fundamentales—, pero también de la paz de la soledad sin miedos. Aunque no tiene la vida completamente resuelta, celebra el logro inmenso de disfrutar plenamente del presente, de estar vivo y de habitar el lugar en el que hoy se encuentra.
Este bienestar viene acompañado de una profunda transformación y de metas muy claras para el futuro. En lo académico, su objetivo actual es obtener el título de Técnico Universitario en Laboratorios Biológicos para cerrar con orgullo su etapa universitaria y abrir un nuevo capítulo. Iván anhela regresar definitivamente a Mendoza para dedicarse a la docencia, una profesión que ama y en la que ya tiene más de cinco años de experiencia, convencido de que las instituciones educativas son el espacio ideal para aportar tanto su valor profesional como su calidad humana.

¿Alguna vez te pusiste a pensar por qué eras objeto de bullying?
Sí, muchas veces me lo pregunté. Y durante mucho tiempo la primera respuesta que encontraba era culparme a mí mismo. Pensar que había algo mal en mí, en mi forma de ser, en mi sensibilidad, en mi manera de relacionarme, incluso en mi físico. Con los años y con mucha terapia entendí que el bullying habla mucho más de la necesidad de algunos de ejercer poder sobre alguien que perciben como “distinto” o vulnerable, que del hostigado en sí. Yo no hacía nada para ser objeto de bullying, solo existía. Algo que es extremadamente importante: ningún niño merece sufrir hostigamiento por ser como es. Nunca la responsabilidad debería recaer sobre quien recibe la violencia.
¿Qué mensaje le darías a las personas que pasaron por alguna situación de las que afrontaste vos?
Que hablen. Que no minimicen lo que sienten ni esperen llegar a un límite para pedir ayuda. Creemos que tenemos que poder solos, que lo que nos pasa “no es para tanto” o que molestaríamos a los demás contando lo que sentimos. Y el silencio, termina lastimándonos más.
Algo que aprendí en este camino es que sanar no siempre significa dejar de sentir miedo, sino recuperar las ganas de vivir a pesar de él. Volver a disfrutar, volver a conectar con otros, volver a proyectar una vida posible.


