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OPINIÓN

Con el derrame no alcanza, para crecer hay que producir

El orden macro es una condición, no un destino

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Vladimir Werning
Vladimir Werning
Por Carlos BrownPARA LA NACION
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El 2 de junio, el vicepresidente del Banco Central, Vladimir Werning, expuso en el 43er Congreso del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas un diagnóstico macroeconómico sólido y fundamentado. Superávit fiscal, desinflación, acumulación de reservas, cuenta corriente positiva. Pero en ese mismo discurso apareció algo, casi de paso, una frase que vale la pena examinar con detenimiento. Werning explicó que la recuperación económica “abarcará progresivamente más sectores” porque los que lideran el ciclo –agro, energía, minería– “requieren de insumos, infraestructura, servicios urbanos y logística”, y que ese eslabonamiento “contribuirá a la creación de oportunidades de empleo”. El BCRA, en otras palabras, confía en el derrame.

La idea no es nueva. Conocida como teoría del derrame o goteo, sostiene que el crecimiento de los sectores más dinámicos o de mayor productividad termina beneficiando al conjunto de la economía vía inversión, empleo y demanda de bienes y servicios. La noción recorrió el siglo XX con nombres distintos y resultados dispares.

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En los 80 fue columna vertebral de la política económica de Reagan en Estados Unidos y del thatcherismo en el Reino Unido. Tuvo su correlato en América Latina en los 90. Consistió básicamente en rebajas impositivas en los tramos altos, desregulación y apuesta a que la inversión privada debería irrigar hacia abajo. Pero la estabilización macroeconómica inicial derivó en una fractura social. La evidencia acumulada no dice que el derrame sea imposible. Dice que al menos es insuficiente como política en sí misma.

Ronald Reagan (AFP)
Ronald Reagan (AFP)MIKE SARGENT - AFP FILES

En la Argentina de 2026, la heterogeneidad sectorial es llamativa. Según estimaciones, el PBI crecería este año cerca del 3,5%, pero agro, energía y minería ya lo hacen al doble o al triple de esa velocidad. La industria manufacturera, el comercio, la construcción privada no vinculada a grandes proyectos y buena parte de las economías regionales muestran un cuadro mucho más modesto y, en algunos casos, incluso de retracción.

Este cuadro es la expresión de un modelo de crecimiento que prioriza sectores transables intensivos en capital y recursos naturales, con baja capacidad de tracción sobre el empleo formal urbano de corto y mediano plazo. El eslabonamiento existe, pero sus tiempos y su alcance son muy distintos según el territorio y el perfil productivo de cada región. Un yacimiento de litio en Jujuy no derrama de la misma manera ni a la misma velocidad que una planta industrial en el Gran Buenos Aires o una bodega en Mendoza. Mientras el programa de estabilización consolida sus logros hay una economía real que no puede quedar librada a los tiempos del derrame.

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Hay pymes industriales que operan con capacidad ociosa; emprendedores con proyectos viables que no emprenden; y hay también cadenas de valor regionales —vitivinicultura, economía forestal, pesca, lácteos, textil— que necesitan una política activa de acceso a mercados, logística y simplificación tributaria; no podemos quedarnos esperando que la bonanza de los sectores concentrados les llegue en algún momento.

Está claro que los sectores beneficiados generan grandes oportunidades de trabajo y desarrollo en las zonas circundantes, pero el Estado también debe llegar a las industrias manufactureras, las pymes y los emprendedores para resolver seriamente la problemática del empleo. Plantear esto no es reivindicar el intervencionismo discrecional ni el proteccionismo ineficiente que durante décadas fue excusa para preservar ineficiencias a costa del consumidor.

La experiencia de los países que lograron desarrollos sostenidos –Corea del Sur, Irlanda, Israel, más recientemente Vietnam– muestra que la política industrial efectiva no reemplaza al mercado, lo complementa. Identifica fallas de coordinación, reduce costos de entrada en sectores estratégicos, financia la curva de aprendizaje donde el sector privado solo no llega y construye las condiciones –infraestructura, capital humano, instituciones– para que el mercado funcione mejor.

Debemos identificar sectores donde la Argentina tiene ventajas comparativas dinámicas

Sin pretender agotar una agenda que merece un debate amplio, hay al menos tres dimensiones que una estrategia de desarrollo seria no puede ignorar. La primera es el crédito productivo: la expansión del crédito al sector privado debería canalizarse también hacia pymes, economías regionales y emprendedores con proyectos exportables. La segunda es la política industrial: debemos identificar sectores donde la Argentina tiene ventajas comparativas dinámicas –agroindustria de mayor valor agregado, biotecnología, economía del conocimiento, energías renovables– y construir los incentivos, la institucionalidad y la infraestructura para que esas ventajas se materialicen. La tercera es el federalismo productivo: el crecimiento que no llega a las provincias periféricas no es desarrollo nacional, es concentración geográfica de la riqueza con otro nombre.

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La estabilización es el piso, no el techo. El Gobierno ha hecho bien en buscar el orden macroeconómico: sin él, todo lo demás se vuelve ilusorio. Pero el orden macro es una condición, no un destino. Si la Argentina se conforma con crecer a la velocidad que marcan los sectores intensivos en capital y recursos naturales, y espera que el resto de la economía se acomode por eslabonamiento, estará repitiendo una apuesta que la historia ya juzgó como insuficiente. Hay que estabilizar y producir, ambas cosas al mismo tiempo. El derrame puede ser parte de la solución. No puede ser toda la solución.

Por Carlos BrownPARA LA NACION
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