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OPINIÓN

De Saratoga a la Argentina

A 250 años de la independencia de Estados Unidos, la crónica de una familia que peleó en la guerra y cuyos descendientes hoy son argentinos

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Detalle de la carta de Increase Stearns (h), de puño y letra, en la declaración jurada que presentó en 1818 para reclamar su pensión de veterano
Detalle de la carta de Increase Stearns (h), de puño y letra, en la declaración jurada que presentó en 1818 para reclamar su pensión de veterano
Por Francisco Do Pico Fernández Stearn
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Hay aniversarios que se celebran con fuegos artificiales y discursos, y hay otros que conviene celebrar leyendo despacio la letra torcida de un documento de 1818. Ese es el caso de la historia de los Stearns, una familia de granjeros de Holden, un pueblito del condado de Worcester, Massachusetts, que peleó por la independencia de Estados Unidos, que cumple hoy 250 años.

Ciento cincuenta años antes de la independencia

La historia de los Stearns en América no empieza con la Revolución: empieza en 1630, apenas diez años después del desembarco del Mayflower, cuando los primeros Stearns cruzaron el Atlántico a bordo del Arbella, la nave insignia de la llamada Flota de Winthrop. Saleiron de Inglaterra huyendo de la persecución religiosa de la Iglesia anglicana. El gen de la disidencia y la fe profunda venía de fábrica en esta familia, ciento cincuenta años antes de que un descendiente suyo tuviera que decidir entre la lealtad a un rey o a una idea todavía por nacer: la de una nación libre.

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El "Arbella", la nave insignia de la llamada Flota de Winthrop
El "Arbella", la nave insignia de la llamada Flota de Winthrop

El padre que ya había peleado contra otro imperio

Antes de que existiera Estados Unidos, ya existía un Stearns, Increase, dispuesto a tomar las armas. El padre de nuestra historia había combatido en la Guerra Franco-India, el conflicto colonial entre británicos y franceses (con sus respectivas alianzas indígenas) que asoló la frontera norteamericana entre 1754 y 1763. Formó parte, según la tradición familiar documentada, del socorro al fuerte William Henry, en el lago George —el mismo episodio, con su sitio y su masacre, que Fenimore Cooper inmortalizó en El último de los mohicanos y que Hollywood volvió a contar en la pantalla grande.

El fuerte William Henry, hoy
El fuerte William Henry, hoy

Veinte años más tarde, ese mismo hombre se alistó de nuevo, esta vez por la causa patriota: el 14 de marzo de 1777 se enroló en el Regimiento 15 de Massachusetts, al mando del coronel Timothy Bigelow. Massachusetts fue el estado que más tropas aportó al Ejército Continental de George Washington. Fue con esa unidad, incorporada a la Brigada del general John Glover, que el Stearns padre llegó a Saratoga. Y ahí, el 19 de septiembre de 1777, en la batalla de Freeman’s Farm, el Regimiento 15 no fue tropa de reserva: peleó en primera fila. Sin tiendas de campaña, durmiendo bajo refugios improvisados de ramas y tablas, la brigada de Glover encabezó el combate y sufrió allí más de trescientas bajas hasta que, tras una segunda batalla en Bemis Heights el general británico Burgoyne rindió su ejército completo. La victoria de Saratoga no fue una batalla más: fue el hecho de armas que convenció a Francia de reconocer la independencia americana y firmar la alianza militar que resultaría decisiva para ganar la guerra. En algún punto de esa campaña el padre fue herido —y esa herida es la que empuja a su hijo, todavía adolescente, a tomar su lugar en las filas.

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La rendición del ejército británico tras la batalla de Saratoga, en un cuadro de John Trumbull que se encuentra expuesto en el Capitolio de Estados Unidos
La rendición del ejército británico tras la batalla de Saratoga, en un cuadro de John Trumbull que se encuentra expuesto en el Capitolio de Estados Unidos

El hijo que reemplazó a su padre a los dieciséis años

En enero de 1778, con apenas dieciséis años, Increase Stearns (h) se presentó ante el coronel Bigelow para alistarse como sustituto de su padre herido. Bigelow lo aceptó y lo mandó a incorporarse al mismo Regimiento 15, dentro de la Brigada de Glover, en la compañía del capitán John Pierce. Así lo relata el propio Stearns, de puño y letra, en la declaración jurada que presentó cuarenta años después para reclamar su pensión de veterano: un trámite burocrático que, sin proponérselo, se convirtió en un relato vívido de la guerra.

Una de las páginas de la carta de Increase Stearn (h)
Una de las páginas de la carta de Increase Stearn (h)

De ahí en más, el joven Stearns marchó con el grueso del Ejército Continental desde el campamento de Valley Forge —el invierno en que la tropa de Washington estuvo a punto de disolverse por hambre y frío, y donde el oficial prusiano Barón Von Steuben hizo de las milicias una fuerza militar profesional, hasta Nueva Jersey, donde el 28 de junio de 1778 se libró la batalla de Monmouth. Esa es, de todas las que peleó, la batalla en la que Increase Stearns hijo combatió más cerca del propio Washington y de Lafayette: ese día la brigada de Glover formó parte del ala izquierda, y fue precisamente el cuerpo principal del ejército —donde marchaba Stearns— el que tuvo que sostener la línea después de que la vanguardia se replegara en desorden. Se conserva incluso el registro de otro soldado del mismo regimiento, William Wyman, confirmando su presencia ese día bajo el mando de Bigelow. Monmouth fue el último gran choque frontal entre los dos ejércitos en el norte, y probó algo decisivo para el curso de la guerra: que la disciplina aprendida en Valley Forge había convertido a los granjeros y artesanos del Ejército Continental en una fuerza capaz de resistir, campo a campo, a las tropas regulares británicas; después de esa batalla, los ingleses evacuaron Nueva Jersey y desplazaron el grueso de su esfuerzo militar hacia el sur.

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La batalla de Monmouth, del 28 de junio de 1778
La batalla de Monmouth, del 28 de junio de 1778

Dos meses después, en la isla de Rhode Island, la brigada de Glover volvió a ser decisiva: apostada detrás de un muro de piedra en Quaker Hill, resistió el avance británico que perseguía a las tropas americanas en retirada y disuadió a los ingleses de lanzar un asalto mayor, permitiendo que el general Sullivan retirara a su ejército de la isla sin ser destruido. El propio Sullivan, en su parte de guerra, elogió a la brigada por haber actuado “con gran firmeza”.

Un castigo, una injusticia y una vida entera para repararla

Pero el documento que se conserva no es solo un relato de gloria militar. Es, sobre todo, el testimonio de una injusticia. En enero de 1780, Stearns y una veintena de compañeros, apostados cerca de West Point, reclamaron —con razón, según ellos— que su tiempo de servicio había vencido y pidieron la baja. Al no ser escuchados, decidieron marchar por su cuenta hacia Boston para presentar el reclamo ante el gobierno de Massachusetts.

Y aquí aparece un detalle que dice tanto de la época como del episodio mismo: esos soldados no pensaban apelar al Congreso Continental ni al gobierno de Estados Unidos —una entidad que, en 1780, todavía era poco más que una alianza de circunstancia entre trece estados soberanos, sin Constitución, sin ejecutivo propio, regida apenas por unos Artículos de Confederación. Pensaban apelar a Massachusetts, el estado al que sentían pertenecer antes que a cualquier otra cosa.

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Fueron interceptados cerca de Danbury, Connecticut, y devueltos al campamento. Un consejo de guerra investigó lo ocurrido y exigió que se identificara a los cabecillas de la protesta. Nadie habló. Ninguno de los soldados delató a sus compañeros, a pesar de que negarse a hacerlo significaba, con toda seguridad, cargar con el castigo. Al no obtener esa información, el tribunal condenó a los cuatro más jóvenes a cien latigazos cada uno, ejecutados de inmediato. Increase Stearns —el menor de todos, con apenas dieciocho años— fue uno de los castigados. Y aun así, ni en el momento ni cuarenta años después, al escribir su declaración de pensión, dio un solo nombre.

Cumplida la pena, volvió al servicio y sirvió con honor hasta su baja regular, en marzo de 1780. Casi cuarenta años más tarde, ya con la salud de su esposa quebrada y doce hijos a cargo, le escribió al Secretario de Guerra pidiendo que ese castigo —“más severo de lo común, considerando mi edad en aquel momento”— no lo excluyera del beneficio de la ley de pensiones de 1818. Un antiguo oficial, Joel Pratt, atestiguó que Stearns “sirvió su tiempo honorablemente” y que todos los hombres de aquel episodio eran, en su memoria, “buenos y fieles soldados”. La pensión, finalmente, le fue concedida: 50 dólares con 91 centavos era (1300 dólares de hoy), según la Corte de Worcester, todo lo que este veterano poseía en el mundo —un carro, una yunta de bueyes, tres cerdos, dos mesas, ocho sillas y poco más.

La tumba de Increase Stearn (padre), muerto en 1880
La tumba de Increase Stearn (padre), muerto en 1880

De Massachusetts, a Buenos Aires

Los Stearns no se detuvieron ahí. Ciento sesenta años después de que el joven Increase recibió aquellos cien latigazos por no delatar a sus compañeros, un tataranieto suyo, Louis Agassiz, volvió a calzarse el uniforme: desembarcó en el norte de África para combatir contra las tropas alemanas del Afrika Korps de Rommel. El Coronel Louis Agassiz Stearns, descansa hoy en el Cementerio Nacional de Arlington, el camposanto militar donde Estados Unidos honra a quienes murieron sirviendo bajo su bandera y a héroes que sobrevivieron el frente de combate. Y la posta, otra vez, pasó de padres a hijos: los suyos pelearon en el Pacífico contra Japón, en esa misma guerra, mientras que su hija, agente del FBI en plena guerra, se enamoraba de un chileno de padres asturianos, con el que se mudó a la Argentina para empezar una nueva vida.

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Una carta casi ilegible ya, escrita con la letra apurada de un adolescente que a los dieciséis años cambió el arado por el mosquete, es hoy el hilo que une a los Estados Unidos de 1776 con Buenos Aires: los descendientes de aquel soldado raso viven, 250 años después, en la Argentina. Hoy, mientras Estados Unidos celebra un cuarto de milenio de independencia, vale la pena recordar que esa gesta no la hicieron solo los nombres que figuran en los libros de historia, sino también unos improvisados 35.000 milicianos que pusieron su cuerpo en la primera línea de batalla contra un enemigo superior en número y capacidad, que pasaron un invierno a la intemperie en Valley Forge y, cuando la injusticia les cayó encima, no dejaron nunca de reclamar lo que por derecho les correspondía. Hoy se celebra una vocación de servicio, que generación tras generación siempre estuvo del mismo lado de la historia: el de quienes empuñaron las armas contra la tiranía, no para someter a nadie sino para que otros pudieran ser libres.

Por Francisco Do Pico Fernández Stearn

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