Hacía casi cinco siglos que un sumo pontífice no realizaba una visita oficial a tierras monegascas
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Fue un día que quedará para siempre grabado en la memoria de Mónaco. El pasado 28 de marzo, el papa León XIV aterrizó en el helipuerto del principado para dar inicio a su primer viaje apostólico europeo y hacer historia: fue la primera vez en 488 años que un pontífice realiza una visita oficial en tierras monegascas.




Los príncipes Alberto II y Charlene junto a sus hijos, Jacques y Gabriella, encabezaron la recepción de bienvenida en las puertas del Palacio de los Grimaldi, donde esperaba la familia al completo: desde las princesas Carolina y Estefanía hasta Charlotte y Pierre Casiraghi y Beatrice Borromeo, entre otros. La visita de León XIV fue breve –su agenda le permitió permanecer nueve horas en Mónaco–, pero intensa y cargada de significado.

El encuentro no sólo reafirmó la fe del principado (siendo el catolicismo su religión oficial), sino que se convirtió en el mayor éxito diplomático de Alberto II desde que asumió su rol como príncipe soberano de Mónaco, en 2005. Y así lo hizo saber durante su discurso de bienvenida celebrado en el Patio de Honor del Palacio. “Santo Padre: su presencia en suelo monegasco es un testimonio de paz que nuestra familia y nuestro pueblo reciben con profunda emoción y compromiso renovado con los valores del Evangelio. En un mundo a menudo fragmentado, su voz llega a nosotros como una brújula de esperanza”, dijo, emocionado, Alberto II.


El Papa aseguró: “Estoy contento de poder vivir esta jornada junto con ustedes y ser así el primero entre los sucesores del apóstol Pedro en tiempos modernos en visitar el principado de Mónaco, una ciudad-Estado que se distingue por el vínculo tan profundo que la une a la Iglesia de Roma”.
UN BLANCO PRIVILEGIO
Vestidas de blanco impoluto, Charlene y Gabriella de Mónaco protagonizaron una de las postales más simbólicas y poderosas durante la visita de León XIV. Charlene hizo uso del privilège du blanc, algo que, por primera vez compartió con su heredera.

El “privilegio del blanco” es una de las normas más exclusivas del Vaticano: permite a un reducido grupo de reinas y princesas católicas vestir de blanco ante el Papa, frente al estricto protocolo general que impone el negro (la reina Letizia de España, Matilde de Bélgica y la Gran Duquesa de Luxemburgo también gozan de ese derecho). Sin embargo, por años Mónaco quedó fuera de esta concesión, que históricamente se reservaba a las monarquías y no a los principados. De hecho, cuando Grace Kelly visitó el Vaticano en 1974, tuvo que vestir de negro. Pero en 2016 cambió la regla y se le concedió a Charlene el derecho a vestir de blanco, convirtiéndola en la primera princesa de Mónaco en ejercer este privilegio.


Para la ocasión, Charlene eligió un vestido de corte midi de Elie Saab, que complementó con mantilla de encaje y abrigo cruzado. Sin descuidar ni un solo detalle de su look, sumó un pequeño broche en la solapa, con las banderas de Mónaco y el Vaticano, el guiño perfecto al diplomatic dressing, esa estrategia estilística que transforma la moda en un mensaje poderoso. Gabriella (11) coordinó su look con el de su madre luciendo un vestido de manga larga con cuello bebé y encaje floral y un abrigo clásico.


UNA VISITA INOLVIDABLE
La última vez que un pontífice había pisado suelo monegasco fue en 1538, cuando Paulo III recorrió la región en un contexto de viajes imperiales y reuniones políticas. Y si bien el catolicismo es la religión oficial del Estado de Mónaco y la familia Grimaldi suele visitar al Vaticano, ningún papa había concretado el viaje hasta ahora. Por eso, además de mantener un encuentro exclusivo con la familia real, León XIV organizó reuniones con la comunidad católica en la Catedral de la Inmaculada Concepción y en la Iglesia de Santa Devota.

Cerró su visita con la celebración de la Santa Misa en el Estadio Louis II ante más de quince mil personas. “A ustedes, familias y jóvenes de este principado, les digo: no tengan miedo de la sencillez. En un mundo saturado de ruidos y de imágenes, busquen el silencio de la oración. Sólo en el silencio se escucha la voz de Dios que nos llama a ser artesanos de paz”, concluyó.

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