La erradicación del móvil en los institutos prueba que la prohibición funciona (al menos en la escuela): “Lo han asumido”
El 89% de los profesores considera que los dispositivos empeoran el rendimiento académico de los alumnos, según un estudio de la Universidad de Santiago
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VALENCIA.- Suena el timbre y los pasillos del colegio público El Ravatxol, en Castellar, una pequeña comunidad de Valencia que linda con los campos de arroz de la Albufera, se van llenando de chicos que salen de clase. Algunos llevan mochilas, libros, sándwiches envueltos en papel de plata, pero no se ve ni un celular. “Antes era tremendo, hemos tenido que bregar mucho, pero la prohibición de no sacar el teléfono en el colegio se cumple de forma general. Lo tienen asumido, aunque aún confisquemos alguno”, afirma la directora, Belén Marzá. En pleno debate sobre la implantación de otra restricción en el uso de los dispositivos por parte de los adolescentes, los 16 años como edad mínima para estar en redes, el ejemplo de los institutos muestra que las prohibiciones pueden funcionar, al menos en una institución acostumbrada a hacer cumplir reglas como es la escuela.
Un estudio coordinado por la Universidad de Santiago, basado en 4590 encuestas y publicado en noviembre, refleja que tres de cada cuatro profesores españoles consideran alto o muy alto el grado de cumplimiento de la prohibición de los móviles en su centro educativo. Un 13% lo califica de moderado y solo un 11% de bajo o muy bajo. “Está funcionando mejor de lo que pensábamos. Me recuerda a los tapabocas en la pandemia, que decíamos: ‘Madre mía, ¿cómo les vamos a obligar a esto?’. Y no costó nada, lo hacían con naturalidad, incluso mejor que los adultos”, dice Iván Heredia, orientador en el colegio público de Llanes, en Asturias. Los conflictos derivados del uso de los teléfonos ―fotos y grabaciones a compañeros o profesores sin permiso, a veces subidas a redes sociales, broncas que tenían su origen en conflictos por WhatsApp― llegaban con bastante frecuencia a su despacho, añade Heredia, y ahora sucede solo de forma “ocasional”.
Muchos colegios y algunas escuelas ya tenían reglas que limitaban el uso de los móviles. Pero la media docena de profesores consultados afirma que las regulaciones generales, implantadas por las escuelas en los dos últimos cursos, han sido claves para reforzar su cumplimiento.
De un lado, afirma Rosa Rocha, presidenta de la asociación de directores de institutos de Madrid, los dispositivos dificultaban las clases. “Era un distractor muy potente. Todo el rato lo sacaban para consultar la hora o hacer cualquier tontería, y nosotros perdíamos mucho tiempo y energía en vigilarlos”. Del otro, continúa, produjeron una pérdida de socialización. “En el patio, muchos chicos se ponían a jugar con el celular, a veces entre sí, pero sin mirarse a las caras. Y ahora se dedican a lo que tienen que hacer: hablar entre ellos y entretenerse con otras cosas”.

Es difícil imaginar un colectivo con peor opinión sobre los efectos de los celulares en los chicos que el profesorado, que se pasa el día con ellos. Según el informe coordinado por la Universidad de Santiago, más del 95% considera que afecta de forma negativa o muy negativa a su higiene del sueño, a su salud mental y a su “percepción de la realidad”. Y el 89% cree que empeora su rendimiento académico. Tres de cada cuatro centros educativos prohíben usar el celular “en cualquier espacio o momento de la jornada escolar”, y solo un 23% permite su uso con fines educativos cuando un docente así lo decide, señala el mismo estudio. El porcentaje de los que lo autorizan para otros usos no alcanza el 1%.
Sorprender a un estudiante con el celular supone en la mayoría de los centros su confiscación durante 24 horas o hasta que un progenitor vaya a recogerlo, aunque algunos profesores admiten aplicar la norma de forma un poco más indulgente. También que hay espacios de sombra, como los baños, adonde no los pueden seguir. Otros, sin embargo, son más severos. “En nuestro caso, conlleva un día de expulsión, como si les pilláramos fumando”, afirma Pilar García, directora del colegio público Parque Goya, situado en un barrio de clase media del norte de Zaragoza.
Al sociólogo de la educación Mariano Fernández Enguita el éxito de la prohibición le parece lo esperable dadas las características de la escuela. “Y porque en los adolescentes el efecto red funciona en ambos sentidos. Por un lado, no quieren perderse nada y, por tanto, quieren tener móvil y estar conectados. Pero, por otro, si la prohibición es general y nadie puede usarlo hasta las dos o las tres de la tarde, les parece bien”, afirma el catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid.
El cumplimiento es especialmente alto entre el alumnado de los cursos más bajos, que se incorpora desde la Primaria, donde la presencia del celular siempre fue anecdótica, a colegios donde la norma ya está asentada. “En primero se quitan muy pocos celulares. Si hay algún problema, es en 4º de la ESO o en Bachillerato”, comenta María José Martínez, directora del colegio público Marítim de Valencia.

Uno de los motivos que favoreció la generalización del uso de los celulares en secundaria fue que los centros no tenían infraestructura propia de acceso a internet, coinciden varios entrevistados. “Nosotros nos sumamos al uso educativo de los móviles con muchas ganas, porque le veíamos mucho potencial y no teníamos otras herramientas digitales. Pero después vimos que nos disputaban la atención de los chicos”, dice Almudena Romero, jefa de estudios del instituto público Jacarandá, en Brenes, Sevilla, que lleva dando clase 36 años. “Ahora, en cambio, todos los centros tenemos dispositivos mejores: pizarras interactivas, ordenadores, tablets, y los teléfonos ya no hacen falta”.
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