
La IA generativa como ventana de oportunidad para nuestro mercado
Un nuevo esquema de co-inteligencia entre máquinas y personas plantea un gran desafío
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En -a mi entender- uno de los mejores libros del siglo pasado, Cien años de soledad, Gabriel García Márquez describe la llegada de nuevas tecnologías al remoto Macondo como un momento de asombro y desconcierto: innovaciones que parecían magia y, al mismo tiempo, la sospecha de que todo podía ser un gran fiasco. Nadie lograba distinguir del todo entre fantasía y realidad: algunos veían transformación y un futuro distinto; otros, solo engaño (puro hype hubiese escrito hoy).
Algo de ese realismo mágico estamos viviendo hoy frente a la Inteligencia Artificial Generativa (IAG). Tiene sentido, porque con nuestra inventiva desmesurada hemos logrado hackear la principal tecnología de co-operación: la comunicación. Si el lenguaje puede expresarse en forma de bits -la base constitutiva del mundo digital- entonces todo lo dicho o escrito es también un conjunto de datos que pueden ser manipulados estadísticamente. Entrenados sobre volúmenes masivos de estos datos, los modelos actuales de IAG producen textos, imágenes, audio y video con rapidez y calidad sorprendentes.
El impacto en los mercados laborales es profundo. En el largo plazo, queda resonando la pregunta de qué tipo de sociedad puede surgir de un mundo donde la IAG realiza buena parte de las tareas de alto contenido cognitivo (“tener un país de genios en cada datacenter”, como dice Dario Amodei, CEO de Anthropic). Por lo pronto, en el corto plazo la IAG puede realizar un amplio conjunto de tareas intensivas en conocimiento que hoy realizan las personas, desde resumir el corpus de conocimiento actual sobre casi cualquier tema o diseñar campañas publicitarias hasta asistir a una médica en el análisis de estudios clínicos. Entonces, ¿cuál es el nuevo esquema de co-inteligencia entre máquinas y personas que está emergiendo en el corto plazo gracias a la IAG?
En la edición 2026 del Atlas de trabajos del futuro. Diez años de transformación en América Latina y el Caribe de Sur Futuro avanzamos en contestar esa pregunta. Con foco en lo más cercano, ¿qué sabemos del impacto de la IAG en el mercado laboral argentino?
Primero, que el impacto directo de la IA generativa en el mercado laboral argentino es significativo: cercano al 30%. En términos agregados, algo más de uno de cada cinco empleos podría impulsar su productividad gracias a estas tecnologías, mientras que aproximadamente uno de cada diez realiza tareas que compiten -y no se complementan- con la IAG. Todos ellos son trabajos de calificación media y alta, y se concentran en los servicios profesionales y técnicos, particularmente los que emplean a mujeres.
Segundo, hay un efecto indirecto o potencial que no capturan las metodologías más difundidas, ya que suelen asumir ocupaciones homogéneas entre países, omitiendo idiosincrasias y diferencias críticas. Se trata del impacto de la IAG en los trabajos poco especializados, de calificación media y baja. En particular, abundan en nuestros mercados laborales los trabajos “toderos”, en los que una misma persona debe hacer todo por su cuenta (las tareas específicas de su ocupación más otras de contabilidad, marketing, planificación y diseño). Desde esta perspectiva, la baja especialización nos indica que las oportunidades de adopción tecnológica pueden ser mayores de lo que sugieren las mediciones convencionales: la automatización de tareas y el uso de herramientas de IAG integradas en dispositivos móviles para resolver tareas de alto contenido cognitivo –que antes eran prohibitivas ya que debían contratarse en el mercado- pueden tener un impacto transformacional en los segmentos menos favorecidos del mercado laboral.
¿Es esto posible? En línea con esta hipótesis, trabajamos junto a investigadores del Centro de Estudios Distributivos y Sociales (Cedlas) y las universidades de San Andrés, Di Tella y Maryland para estudiar qué ocurre con la brecha de productividad cuando se utilizan herramientas de IAG. Los resultados de la investigación -un experimento aleatorizado con más de 1100 participantes- sugieren que la IAG tiende a reducir las diferencias de productividad en la ejecución de tareas al relajar restricciones de conocimiento para los trabajadores de menor nivel educativo. La IAG representa entonces una ventana de oportunidad no solo para los segmentos de profesionales, técnicos y de administración, sino también para los trabajadores ubicados más abajo en la escala de ingresos y calificaciones.
Como en aquellas primeras páginas del capítulo 12 de Cien años de soledad, la irrupción de lo nuevo puede producir asombro, fascinación y la sensación de estar frente a algo casi milagroso. Pero la región conoce bien el riesgo de confundir promesas con transformaciones reales, espejismos con progreso. Esta vez toca trabajar activamente para acercar la frontera de innovación a las condiciones de nuestros mercados de trabajo. Esperemos, por una vez, estar a la altura.
Albrieu es economista e investigador senior especializado en desarrollo, desigualdad y mercado laboral. Docente de la UBA e investigador afiliado al CEQ y al Cedes; director de Sur Futuro






