La opinión y cautela de los expertos ante la probabilidad de que se desarrolle una versión extrema de El Niño en la Argentina
Informes de la agencia meteorológica estadounidense anticipan la probabilidad de que un evento climático agresivo impacte sobre el territorio argentino y gran parte del mundo
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Todavía no hay certezas. De acuerdo con expertos consultados, esa frase debe quedarnos grabada a la hora de pensar en siquiera una pequeña posibilidad de que experimentemos un súper El Niño. De acuerdo con recientes informes de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) de los Estados Unidos, existen probabilidades de que esto suceda, pero los científicos piden cautela, dado que falta al menos un mes para tener definiciones contundentes.
Las consecuencias en caso de que suceda podrían ser lluvias, sudestadas y tormentas extremas. Varios gobiernos provinciales argentinos y hasta inversionistas internacionales están atentos a los nuevos informes e, incluso, algunos ya están tomando medidas preventivas.
La última vez que en el país se observó una variante extrema de El Niño fue en 1997. Reportajes televisivos de aquel año describen lluvias que en dos días superaron los centímetros cúbicos de agua esperados para todo un mes, campos santafesinos completamente inundados y barrios porteños, como Palermo, bajo el agua.
Tras una corrección importante, los modelos ajustan la intensidad de El Niño a valores más razonables.
— Pedro DiNezio (@mountain_gaucho) April 28, 2026
El “hype” surge en gran medida de interpretaciones incorrectas, no de la dinámica del sistema. https://t.co/vyuqIfdE62
En aquel entonces, los efectos del cambio climático no eran tan graves, por lo que no se superponían a fenómenos como El Niño o La Niña tal como lo hacen ahora. Es por eso que, de acuerdo a analistas y también a científicos consultados por LA NACION, los impactos sociales y económicos pueden escalar, especialmente en países como la Argentina, cuya producción depende estrechamente de la actividad agropecuaria.
De acuerdo con Pedro Di Nezio, meteorólogo argentino y uno de los pocos especialistas en El Niño del país, en caso de desencadenarse una situación así, tanto los gobiernos como la población deberían revisar todas las medidas de prevención. Sin embargo, también transmite dos mensajes: todavía hay tiempo para reaccionar y aún no hay certezas de que esto vaya a suceder. Tanto él como otros meteorólogos consultados plantean que los modelos actuales son imprecisos y que esto se puede tratar de una falsa alarma.
“Todavía estamos en una etapa de bastante incertidumbre”, resaltó el experto. Estos, dice, son modelos probabilísticos y funcionan mejor conforme nos acercamos al momento en el que el fenómeno se puede desencadenar en el país.
Para Di Nezio, hasta mediados de junio no podríamos estar completamente seguros de que esto suceda. La NOAA considera que actualmente hay poco más de un 20% de probabilidad de que ocurra una versión extrema de El Niño, y una probabilidad algo mayor de que sea débil, moderada o fuerte. El propio instituto científico estadounidense advierte que la mayor probabilidad de ocurrencia no implica automáticamente lluvias más intensas.

De desencadenarse la versión severa, los primeros síntomas se reflejarán en poco más de un mes y podrían escalar hasta llegar a un pico en diciembre. El fenómeno de El Niño, a diferencia de La Niña, dura solo unos meses, que llegan con una intensidad tremenda.
Qué es El Niño
Lo primero que debemos entender es que este fenómeno surge de la interacción entre el viento y el océano. Para ser específicos, los vientos alisios, que corren en las zonas tropicales cercanas al Ecuador y que en abril suelen fluctuar.
“Son cambios impredecibles y aleatorios. Normalmente corren de este a oeste, pero en este año se debilitan. Estas fluctuaciones duran un mes, y cada una va calentando un poco más el océano por debajo de la superficie, en especial en una franja a la altura del Ecuador. Y ese calor se va acumulando”, describió Di Nezio.
Para el experto, en este fenómeno tiene que haber dos o tres fluctuaciones como esta para que, cuando llegue junio, el calor acumulado surja a la atmósfera y se produzca El Niño. Eso genera un efecto de bucle. El calor del océano debilita los vientos, que a su vez calientan el agua y, así, la atmósfera.
Cuanto más caliente esté la atmósfera, más humedad y energía puede contener. Aunque el proceso no se reproduce en todas las regiones por igual, en la Argentina esto significa más tormentas, más vientos y más riesgo de inundaciones.
El anticipo de abril
De acuerdo con análisis internacionales, una de estas fluctuaciones ocurrió hace poco, en abril pasado, y fue muy fuerte. “Esto coincidió con dos ciclones a ambos lados del continente, a la altura del Ecuador, que calentaron mucho el océano. Pero todavía debemos esperar a que suceda en mayo para que esa alza de temperatura se acerque al punto de no retorno”, agregó el experto.
Para él, en el último mes ha habido un gran caudal de desinformación respecto del posible súper El Niño. Y esto ha tenido efectos importantes en generar preocupación en el campo argentino y en gobiernos municipales y provinciales. “Mucho tiene que ver con cómo se concebía antes a este fenómeno. Se pensaba que era completamente pendular y que, por ende, era predecible, pero no lo es. Después, eso sí, casi es una certeza de que La Niña vendrá después de un El Niño”, señaló DiNezio.
El Servicio Meteorológico Nacional pronosticó en su último informe trimestral que en casi todo el centro y sur del país se espera mayor probabilidad de anomalías de precipitación para mayo, junio y julio. Aquí se incluye a toda la ciudad y casi toda la provincia de Buenos Aires. Además, se espera que este sea un invierno más cálido de lo normal en todo el país. Todo esto sin considerar un posible súper El Niño.

Un año anómalo
Abril sí fue un mes anómalo desde su comienzo. En realidad, desde marzo las lluvias son más abundantes de lo que usualmente cae en varias partes de la Argentina. Zonas de Tucumán, Chaco, Corrientes y Santa Fe han sufrido lluvias anómalas e inundaciones severas que han generado varias alarmas.
Incluso el gobierno santafesino publicó un comunicado en el que señala que está tomando medidas de prevención ante un posible súper El Niño. El secretario de Recursos Hídricos, Nicolás Mijich, remarcó que “en cuatro meses llovió más de lo que habitualmente precipita en todo un año, lo que, sumado a la intensidad de algunos eventos, dificulta el normal escurrimiento del agua y, en algunos casos, supera la capacidad de drenaje de las obras”.
Desde la provincia de Buenos Aires informaron que también están al tanto de la situación. “Reorganizamos áreas que estaban desperdigadas y conformamos un core que funciona regularmente y ante emergencias. Venimos trabajando en la mayoría de las cuencas de la PBA. Nos estamos preparando no solo por El Niño sino por las condiciones climáticas adversas que hemos vivido desde hace varios años”, explicaron desde el Ministerio de Infraestructura bonaerense.
“Puede afectar al país entero”
Para Di Nezio, lo que fueron casos puntuales en algunas provincias durante los últimos cuatro meses, con un El Niño intenso, puede convertirse en una situación generalizada. “Por decirlo de una forma: de ocurrir, va a llover en toda la Mesopotamia por varios meses. Y ese es el problema, porque lo que ahora está restringido a unas zonas se convertiría en algo general. Eso puede afectar al país entero”, advirtió.
Un informe de JP Morgan advierte que el fenómeno de El Niño, que podría consolidarse en la segunda mitad de 2026, puede tener un rol central en la producción agrícola en América Latina. De acuerdo con lo que LA NACION reportó hace unos días, el documento plantea que los episodios de El Niño suelen traer un escenario más favorable para la campaña agrícola en la Argentina.
“El Niño está asociado a mayores lluvias en la región pampeana, está vinculado a rindes por encima de la tendencia en soja, maíz y trigo”, señaló, en referencia a un comportamiento que ya se observó en experiencias previas y que, en eventos intensos como los de 1997 y también entre 2014 y 2016, derivó en subas cercanas al 30% interanual en la cosecha de granos gracias a mejoras en la productividad. A pesar de ello, para otros expertos, esta aparente ventaja puede convertirse en un estrago dependiendo de la intensidad de los eventos.
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